Las emisiones continuas de combustibles fósiles son directamente responsables
Europa atraviesa esta semana una ola de calor que los científicos describen como prácticamente imposible sin décadas de emisiones de combustibles fósiles: las temperaturas son hoy 3,5 grados más altas que en episodios comparables de hace medio siglo. Lo que arde no es solo el asfalto de las ciudades, sino también la distancia entre el conocimiento científico y la acción política. En un continente donde las noches ya no refrescan y los récords caen en meses consecutivos, la pregunta que formula la ciencia del clima ha dejado de ser técnica para volverse profundamente moral.
- Europa registra temperaturas históricas esta semana: Francia vive su día más caluroso desde que existen registros, el Reino Unido supera los 36°C en junio, y se esperan 41°C en Hungría, Bulgaria y Chequia este fin de semana.
- El caos es inmediato y tangible: colegios cerrados, hospitales desbordados, transporte colapsado, muertes por ahogamiento en Francia y trabajadores al aire libre al límite de sus fuerzas.
- Las noches tropicales —sin descenso por debajo de 20°C— son ahora cien veces más frecuentes que en 2003, privando al cuerpo humano del descanso térmico que necesita para sobrevivir al calor diurno.
- Los científicos de World Weather Attribution descartan a El Niño como causa y señalan directamente a las emisiones de combustibles fósiles, responsables del 68% de los gases de efecto invernadero globales.
- La comunidad científica advierte que sin una transición acelerada hacia energías limpias, estos episodios extremos se intensificarán cada año, convirtiendo lo excepcional en lo ordinario.
Europa arde bajo una cúpula de calor sin precedentes y los científicos son categóricos: esto no habría sido posible hace medio siglo. Las temperaturas récord han desencadenado un caos generalizado en todo el continente. Francia acaba de registrar su día más caluroso en la historia, con muertes por ahogamiento multiplicadas mientras la gente busca refrescarse en ríos y playas. El Reino Unido se prepara para máximas de 38°C tras batir ya su récord de junio, y meteorólogos advierten que este fin de semana Hungría, Bulgaria y Chequia podrían alcanzar los 41°C, regiones que históricamente carecen de la infraestructura para enfrentar tales extremos.
El mecanismo es conocido: un patrón de altas presiones bloqueado atrapa aire caliente sobre Europa mientras arrastra masas abrasadoras desde el Sáhara. Investigadores de World Weather Attribution analizaron el período de tres días más caluroso bajo esta cúpula y concluyeron que tanto las máximas diurnas como las temperaturas nocturnas habrían sido prácticamente imposibles en 1976. Una ola similar en aquel clima histórico habría sido 3,5 grados más fría.
Lo más insidioso, sin embargo, ocurre cuando cae el sol. Las noches tropicales —aquellas en que la temperatura nunca baja de 20°C— son ahora cien veces más probables que durante la tristemente célebre ola de calor de 2003. El cuerpo humano necesita el frescor nocturno para regular su temperatura central, y su ausencia está directamente vinculada a un aumento de la mortalidad, especialmente entre personas mayores y con condiciones de salud preexistentes. El 45% de las 854 ciudades analizadas en 30 países europeos ha batido o se espera que bata su récord histórico de estrés térmico.
La responsabilidad, según los científicos, es inequívoca: los combustibles fósiles representan el 68% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. El Niño, apuntan desde World Weather Attribution, no ha jugado ningún papel en este episodio europeo. La profesora Friederike Otto, del Imperial College de Londres, resume la frustración de su comunidad: año tras año emiten las mismas advertencias ante episodios que no dejan de intensificarse. Su pregunta final condensa el dilema de nuestra época: qué futuro queremos y si estamos dispuestos a hacer lo necesario para garantizarlo.
Europa está ardiendo bajo una cúpula de calor sin precedentes, y los científicos del clima son categóricos: esto no habría sido posible hace apenas medio siglo. Las temperaturas récord que están azotando el continente esta semana han desencadenado un caos generalizado. Colegios cierran sus puertas, hospitales se ven desbordados, el transporte público colapsa, y los trabajadores al aire libre luchan por mantenerse en pie. En Francia, el país acaba de registrar su día más caluroso desde que existen registros, y las muertes por ahogamiento se han multiplicado mientras la gente busca desesperadamente refrescarse en ríos y playas. Al otro lado del canal, el Reino Unido se prepara para máximas de 38 grados centígrados, después de haber batido ya su récord de junio con 36,1 grados. Pero lo que viene es aún más inquietante: meteorólogos advierten que este fin de semana, partes de Hungría, Bulgaria y Chequia podrían alcanzar los 41 grados, temperaturas extremas en regiones que históricamente han disfrutado de climas más templados y carecen de la infraestructura que el Mediterráneo ha desarrollado para enfrentar tales fenómenos.
El mecanismo detrás de este infierno es bien conocido por los científicos. Un patrón de altas presiones bloqueado atrapa el aire caliente sobre Europa, mientras arrastra masas de aire abrasador desde el Sáhara. Para cuantificar exactamente cuánto ha cambiado el clima, investigadores de World Weather Attribution realizaron un análisis rápido de atribución, utilizando datos de temperatura observados y proyectados para examinar el período de tres días más caluroso en una amplia zona de Europa atrapada bajo esta cúpula térmica. Sus hallazgos son sobrios: tanto las máximas diurnas como las temperaturas nocturnas registradas durante esta ola de calor habrían sido prácticamente imposibles en esta época del año hace apenas 50 años, en 1976. Si una ola de calor similar hubiera ocurrido en aquel clima histórico, habría sido 3,5 grados más fría.
El doctor Theodore Keeping, del Imperial College de Londres, no deja lugar a ambigüedades sobre la causa. "La ciencia sobre cómo el cambio climático agrava las olas de calor está asentada", señala. "Las emisiones continuas de combustibles fósiles son directamente responsables de las perturbaciones que la población está sufriendo esta semana en sus hogares, colegios y lugares de trabajo". Lo que más preocupa a los científicos es la velocidad del cambio. Cada pocos años se baten nuevos récords de calor en Europa. Este año, esos récords han caído en meses consecutivos.
Pero quizás lo más insidioso sea lo que ocurre cuando cae el sol. Las noches tropicales, aquellas en las que la temperatura nunca desciende por debajo de 20 grados en un período de 24 horas, han sido extremadamente frecuentes esta semana en toda Europa. El análisis concluye que estas noches bochornosas son ahora cien veces más probables que hace apenas 23 años, durante la tristemente célebre ola de calor europea de 2003. Esto no es un detalle menor. El cuerpo humano necesita temperaturas más frescas durante la noche para regular su temperatura central y recuperarse del calor diurno. Los estudios han demostrado que las temperaturas nocturnas elevadas están directamente relacionadas con un aumento de la mortalidad, especialmente entre personas mayores y quienes padecen problemas de salud preexistentes. De las 854 ciudades analizadas en 30 países europeos, el 45 por ciento ha batido o se espera que bata su récord histórico de índice de temperatura de bulbo húmedo y globo, una medida del estrés térmico y de la capacidad del cuerpo para refrescarse mediante la evaporación del sudor.
Un estudio reciente publicado en la revista científica Nature ofrece una proyección aún más perturbadora. En el sur de España, Italia, Grecia y Turquía, algunas zonas registrarán hasta 40 días adicionales con estrés térmico intenso en comparación con la década de 1970. El estrés térmico provoca una cascada de síntomas: aumento de la temperatura corporal central, incremento de la frecuencia cardiaca, respiración acelerada, sudoración excesiva, náuseas y mareos. En los casos más graves, enfermedades relacionadas con el calor como el agotamiento o el golpe de calor pueden resultar mortales.
La responsabilidad es clara. Según la ONU, los combustibles fósiles—carbón, petróleo y gas—son con diferencia el mayor factor que contribuye al cambio climático global, representando alrededor del 68 por ciento de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero y casi el 90 por ciento de todas las emisiones de dióxido de carbono. Pero también lo son las soluciones. Simon Stiell, secretario ejecutivo de la ONU para el Cambio Climático, subraya que una transición más rápida hacia las energías limpias, que ahora son mucho más baratas que los combustibles fósiles, junto con la protección de los bosques y el refuerzo de la resiliencia climática, son caminos claros hacia adelante. "Ningún país puede permitirse seguir como hasta ahora", advierte. "Tenemos que acelerar el paso, juntos".
Algunos han sugerido que El Niño, el fenómeno natural conocido por impulsar las temperaturas globales, podría ser responsable de esta ola de calor. Los científicos de World Weather Attribution son categóricos en su rechazo a esta explicación: El Niño no ha desempeñado ningún papel en las temperaturas extremas de junio en Europa. Aunque El Niño puede tener impactos graves, sus efectos se sienten principalmente en los trópicos, y Europa podría verse afectada indirectamente, pero probablemente más adelante en el año, durante el otoño e invierno. La profesora Friederike Otto, también del Imperial College de Londres, expresa la frustración de la comunidad científica: "Los científicos como yo empezamos a sonar como un disco rayado. Año tras año difundimos declaraciones similares en respuesta a episodios de calor extremo que no dejan de intensificarse. Sí, esto es cambio climático, sí, somos nosotros, no, no es El Niño, sí, tenemos las soluciones, no, no las estamos aplicando con la suficiente rapidez". Su pregunta final es la que importa: "¿Qué tipo de futuro queremos para nosotros mismos y si estamos dispuestos a hacer lo necesario para garantizarlo?"
Citas Notables
Las emisiones continuas de combustibles fósiles son directamente responsables de las perturbaciones que la población está sufriendo esta semana en sus hogares, colegios y lugares de trabajo— Doctor Theodore Keeping, Imperial College de Londres
Ningún país puede permitirse seguir como hasta ahora. Tenemos que acelerar el paso, juntos— Simon Stiell, secretario ejecutivo de la ONU para el Cambio Climático
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué esta ola de calor es tan diferente de las que Europa ha experimentado antes?
Porque literalmente no habría sido posible hace 50 años. Los científicos lo han medido: sería 3,5 grados más fría. Es como si el planeta hubiera subido permanentemente el termostato.
Pero ¿no es normal que haya olas de calor? ¿Qué hace que esta sea un signo de cambio climático y no solo variabilidad natural?
La variabilidad natural existe, claro. Pero lo que estamos viendo es que los récords caen cada pocos años ahora, a veces en meses consecutivos. Y las noches tropicales, esas que no bajan de 20 grados, son cien veces más probables que hace 23 años. Eso no es variabilidad. Eso es un cambio sistemático.
¿Por qué importan tanto las noches calurosas? Parece que el problema es el calor diurno.
Porque el cuerpo necesita enfriarse por la noche. Es cuando se recupera del calor del día, cuando regula su temperatura central. Si nunca baja de 20 grados, el cuerpo nunca se recupera. Por eso vemos más muertes, especialmente en personas mayores.
He leído que algunos dicen que El Niño es responsable. ¿Es verdad?
No. Los científicos lo han descartado completamente. El Niño afecta principalmente a los trópicos, y si Europa se viera afectada, sería más adelante en el año, en otoño e invierno. Esto es cambio climático puro.
¿Hay algo que se pueda hacer ahora, o es demasiado tarde?
No es demasiado tarde, pero el tiempo se agota. Las energías limpias ahora son más baratas que los combustibles fósiles. Tenemos las soluciones. Lo que falta es la voluntad política para aplicarlas con la velocidad necesaria.
¿Cuál es el riesgo si no actuamos?
Que esto se vuelva la norma. Cuarenta días adicionales de estrés térmico intenso en el sur de Europa. Más muertes. Colapso de infraestructuras. Y cada año, nuevos récords que rompen los anteriores.