El organismo no distingue entre amenaza física y amenaza simbólica
Las neuronas espejo permiten que los espectadores experimenten el partido como si estuvieran jugando, activando respuestas fisiológicas reales en el cuerpo. Durante partidos estresantes, el cortisol y la adrenalina se disparan, sometiendo al organismo a una montaña rusa hormonal que puede duplicar el riesgo cardiovascular.
- Las neuronas espejo activan respuestas fisiológicas reales en espectadores durante partidos
- El cortisol se disparó durante el partido Argentina-Egipto en aficionados muy identificados
- Mirar un partido estresante más que duplica el riesgo de evento cardiovascular menor
- Enzo Fernández anotó el gol definitivo en el minuto 92 para el 3-2
Especialistas en salud mental explican por qué los hinchas experimentan cansancio extremo después de partidos intensos, analizando los mecanismos neurológicos y hormonales que generan esta fatiga emocional.
El martes por la tarde, Argentina se asomó al precipicio. En los octavos de final del Mundial 2026, la selección enfrentaba a Egipto y perdía 0-2. Hubo un penal de Messi que se fue afuera. El abismo de la eliminación parecía inevitable. Luego llegó la remontada: Cuti Romero anotó, Messi convirtió su revancha, y en el minuto 92, Enzo Fernández cabeceó el 3-2 definitivo. Las gargantas gritaron. Las calles explotaron. Pero cuando las luces se apagaron y el silencio regresó a las casas, algo extraño se instaló: un cansancio profundo, una fatiga que no tenía nada que ver con haber corrido o saltado.
Este agotamiento no es un capricho emocional. Es fisiología pura. Mientras miramos la pantalla, nuestro cerebro no nos coloca como observadores distantes. Nos pone adentro del partido. El Dr. Ricardo A. Rubinstein, psicoanalista de la Asociación Psicoanalítica Argentina, lo explica así: cuando decimos "ganamos" o "perdimos", no estamos siendo poéticos. Estamos expresando una identificación real con el equipo. Cada hincha deposita una energía emocional significativa en esa identificación, una entrega absoluta de vitalidad psíquica. Jorge Catelli, también psicoanalista, lo describe como vivir el encuentro como si algo propio estuviera ocurriendo, como si participáramos en una catarsis donde sufrimos, gozamos y disfrutamos del espectáculo simbólico que ocurre en la cancha.
La ciencia tiene un nombre para este puente invisible: neuronas espejo. Estas células nerviosas permiten que nuestro cerebro comience a ponerse en los zapatos del atleta, reflejando y conectando con sus movimientos sin necesidad de palabras. Cuando Messi se toma la cabeza tras el penal contenido, cuando las piernas de los defensores flaquean ante el contragolpe, nuestras propias neuronas espejo se activan. El ritmo cardíaco se acelera. La respiración se vuelve corta. El pecho se contrae. Para nuestro sistema psicofisiológico, no existe distancia real entre el sillón de casa y el césped de Atlanta. El desgaste ocurre en ambos lados por igual.
Durante casi ochenta minutos, el marcador adverso sometió al cuerpo a una oscilación violenta de sustancias químicas. La respuesta de "lucha o huida" se activó de forma sostenida. Según Laura Spaccarotella, magister en psicología del deporte, durante la previa y el desarrollo del encuentro se respira fútbol y se siente apuro, expectativa, ansiedad, miedo e ilusión. Es esa corriente fría en el estómago, el nudo en el pecho, la parálisis tensa donde ni siquiera nos permitimos cambiar de postura por miedo a romper una cábala. El sufrimiento continuado se traduce en una inundación biológica de cortisol, la hormona del estrés, y adrenalina. Investigadores de la Universidad de Oxford verificaron que los aficionados muy identificados con su equipo sufren la mayor respuesta de estrés fisiológico al ver un partido. Los niveles de cortisol se dispararon durante el encuentro, alcanzando picos especialmente altos cuando las cosas iban mal. Un estudio publicado en New England Journal of Medicine demostró que mirar un partido de fútbol estresante más que duplica el riesgo de sufrir un evento cardiovascular menor. La tensión sostenida provoca vasoconstricción, estrechamiento de los vasos sanguíneos, y puede hacer que la sangre se vuelva más pegajosa, elevando la presión arterial al límite.
Cuando llega el desahogo final, el sistema da un vuelco absoluto. Pero este alivio, lejos de devolvernos la energía, actúa como el final de una transformación: limpia el aire pero deja la tierra arrasada. Las demandas cognitivas de la competencia inducen una profunda fatiga mental, un estado complejo con múltiples orígenes psicológicos que se traslada directo al espectador. Cuando la marea de hormonas baja, el cuerpo se descubre vacío, extenuado por haber sostenido una emergencia irreal durante horas. Catelli señala que el organismo no distingue completamente entre una amenaza física y una amenaza simbólica cuando la experiencia subjetiva adquiere suficiente intensidad. Rubinstein fue categórico: el desahogo se expresa a través de gritar el gol, saltar, juntarse, salir a la calle y bailar o cantar con el resto de la gente. Esa es la manera de desahogarse. Pero el alivio es estruendoso, y el precio es el vaciamiento de nuestras reservas energéticas.
Sin embargo, la clave no es forzar un apagón mental o desconectar de golpe. Rubinstein aclara que es necesario encontrar vías precisas de escape para la tensión acumulada. Después del partido, hay que festejar, saltar, charlar, hacer otra cosa. Esa es la manera de drenar la carga emocional. Hoy en día, esa intensidad se vuelca inevitablemente a las pantallas. Saturar los grupos, reenviar memes, repetir la jugada en bucle son intentos desesperados del psiquismo por metabolizar el impacto de haber rozado el abismo. Catelli explica que después de un partido decisivo seguimos repasando mentalmente una jugada, imaginando qué habría ocurrido si el penal entraba o si el árbitro hubiera tomado otra decisión. Esa repetición no constituye solamente una manía del hincha: expresa el intento del psiquismo de procesar una experiencia que todavía permanece emocionalmente abierta. A la mañana siguiente, persisten los ecos en el cuerpo. El partido terminó, los cuartos de final están asegurados y el peligro ya pasó, pero aparece el peso de retrasar una respuesta simple o el cansancio sutil de sostener una conversación cotidiana. Durante noventa minutos, también pusimos en juego una parte de nosotros mismos.
Citas Notables
Sentís que vos estás ahí, esto te está pasando, en parte te está pasando a vos— Dr. Ricardo A. Rubinstein, psicoanalista
Durante noventa minutos, también ponemos en juego una parte de nosotros mismos— Jorge Catelli, psicoanalista
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué sentimos tanta fatiga después de un partido si solo estamos sentados mirando?
Porque nuestro cerebro no nos coloca como observadores. Nos pone adentro del partido. Las neuronas espejo hacen que experimentemos el juego como si estuviéramos jugando nosotros mismos.
¿Eso significa que el cuerpo realmente cree que está en peligro?
Exactamente. El organismo no distingue completamente entre una amenaza física y una amenaza simbólica cuando la experiencia subjetiva es lo suficientemente intensa. Durante noventa minutos, el cortisol y la adrenalina se disparan como si estuviéramos corriendo por nuestras vidas.
Entonces el cansancio que sentimos después no es psicológico, sino físico.
Es ambos. El cuerpo ha estado en un estado de emergencia irreal durante horas. Cuando finalmente llega el alivio, el sistema colapsa. Hemos vaciado nuestras reservas energéticas.
¿Cómo se supone que debemos recuperarnos?
No forzando un apagón mental. Necesitamos drenar la carga emocional de formas precisas: festejar, saltar, charlar, hacer otra cosa. Incluso repetir la jugada en bucle es un intento del psiquismo de procesar lo que vivimos.
¿Entonces los rituales después del partido son necesarios?
Son esenciales. Sin ellos, la experiencia permanece emocionalmente abierta. El cuerpo sigue intentando procesar algo que nunca terminó de cerrarse.