La tierra bajo la ciudad nunca deja de moverse, aunque sea imperceptiblemente
Cada 19 de septiembre, México se detiene ante una coincidencia que la historia convirtió en duelo colectivo: dos terremotos devastadores, separados por 32 años pero unidos por la misma fecha, recuerdan a la nación que habita un territorio en perpetuo movimiento. Los sismos de 1985 y 2017 —con magnitudes de 8.1 y 7.1 respectivamente— no solo cobraron más de diez mil vidas combinadas, sino que revelaron la fragilidad de una ciudad construida sobre sedimentos blandos y atravesada por fallas activas. En el Cinturón de Fuego del Pacífico, la memoria no es solo homenaje: es también advertencia.
- Dos tragedias en la misma fecha, con 32 años de diferencia, han convertido el 19 de septiembre en el día más doloroso del calendario mexicano.
- La Ciudad de México amplifica el peligro sísmico porque sus suelos blandos —herencia de un antiguo lago— multiplican la fuerza de las ondas, haciendo que incluso temblores menores se sientan con violencia.
- Siete fallas geológicas activas corren bajo la capital, y en lo que va de 2025 ya se han registrado 22 microsismos, señal de que la tierra no descansa.
- Las autoridades mantienen monitoreo continuo, pero la combinación de suelo inestable, fallas activas y ubicación en el Cinturón de Fuego hace que el riesgo sea estructural, no coyuntural.
- La conmemoración anual no es solo duelo: es el recordatorio colectivo de que vivir en esta ciudad exige preparación permanente ante una amenaza que no negocia ni hace pausas.
Cada 19 de septiembre, México se detiene para recordar no una, sino dos tragedias que comparten fecha con 32 años de distancia. En 1985, un terremoto de magnitud 8.1 con epicentro frente a las costas de Michoacán devastó la Ciudad de México y el centro del país, dejando más de diez mil muertos y edificios convertidos en escombros. En 2017, un sismo de 7.1 originado en la frontera entre Puebla y Morelos volvió a sacudir la capital, cobrando 369 vidas. Juntos, estos eventos forjaron una herida que la memoria colectiva mexicana no ha cerrado del todo.
Que México sea uno de los países más sísmicos del mundo no es azar: la placa de Cocos se introduce sin pausa bajo la placa de Norteamérica, generando tensiones que tarde o temprano se liberan. La Ciudad de México agrava ese riesgo por su geografía particular: construida sobre un antiguo lecho de lago, sus sedimentos blandos amplifican las ondas sísmicas de manera significativa. Bajo sus calles corren siete fallas geológicas conocidas, varias de ellas activas.
El monitoreo de 2025 confirma que la tierra no descansa: 22 microsismos registrados hasta septiembre en la capital, frente a 93 eventos anuales en cada uno de los dos años anteriores. La conmemoración del 19 de septiembre es, entonces, algo más que un homenaje a los muertos. Es el momento en que una ciudad entera reconoce que el suelo bajo sus pies nunca ha sido tan firme como parece.
Cada 19 de septiembre, México se detiene para recordar. No una sola tragedia, sino dos, ambas ocurridas en la misma fecha con 32 años de diferencia, ambas dejando cicatrices que aún no cierran del todo.
Hace cuatro décadas, el 19 de septiembre de 1985, un terremoto de magnitud 8.1 sacudió el país desde el océano Pacífico. Su epicentro se ubicó frente a las costas de Michoacán, cerca de donde desemboca el río Balsas, pero sus efectos devastadores se concentraron en la Ciudad de México y en regiones del centro, sur y occidente. Los números que quedaron grabados en la historia nacional son desgarradores: más de 10 mil personas perdieron la vida. Edificios se desmoronaron. Familias enteras desaparecieron bajo los escombros. La capital del país, que se creía preparada, descubrió su vulnerabilidad.
Ocho años atrás, el 19 de septiembre de 2017, México volvió a temblar. Esta vez fue un sismo de magnitud 7.1, originado en la frontera entre Puebla y Morelos, a apenas 8 kilómetros al noroeste de Chiautla de Tapia y a una profundidad de 51 kilómetros bajo tierra. Aunque de menor magnitud que su predecesor, los daños fueron igualmente significativos. Trescientos sesenta y nueve personas murieron. La Ciudad de México, nuevamente, fue el epicentro del sufrimiento.
Que México sea propenso a los terremotos no es casualidad ni mala suerte. El país se encuentra en el Cinturón de Fuego del Pacífico, una franja de intensa actividad tectónica donde varias placas terrestres chocan y se deslizan unas sobre otras. Específicamente, la placa de Cocos se introduce bajo la placa de Norteamérica, generando una tensión constante que eventualmente se libera en forma de sismos. Es un proceso geológico implacable, sin pausas ni negociaciones.
La Ciudad de México, además, enfrenta un riesgo particular. Está construida sobre un antiguo lecho de lago, con capas de sedimentos blandos que actúan como amplificadores de las ondas sísmicas. Un temblor que en otro lugar sería apenas perceptible, aquí se siente con fuerza. Bajo la ciudad hay siete fallas geológicas conocidas: Mixhuca, Plateros-Mixcoac, Santa Catarina, Copilco, San Lorenzo Tezonco, Barranca del Muerto, y otras más. Varias de ellas están activas. Esta combinación de suelo blando y fallas activas crea un escenario de riesgo permanente.
El monitoreo continuo revela la realidad de vivir en una ciudad sísmica. En lo que va de 2025, hasta el 17 de septiembre, se han registrado 22 microsismos en la capital. En 2023 y 2024, hubo 93 eventos cada año. Son números que hablan de un territorio inquieto, de una tierra que nunca deja de moverse, aunque sea imperceptiblemente.
Cuando llega el 19 de septiembre cada año, los mexicanos no solo conmemoran a los muertos. Conmemoran también la fragilidad de sus ciudades, la vulnerabilidad de sus estructuras, la certeza de que el suelo bajo sus pies no es tan firme como parece. Es un recordatorio que la naturaleza impone sin clemencia.
Citações Notáveis
La combinación de un suelo que amplifica las ondas sísmicas y la presencia de fallas geológicas activas hace que los sismos, incluso aquellos de baja magnitud, se perciban con mayor fuerza— Análisis geológico sobre las características sísmicas de la Ciudad de México
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
¿Por qué el 19 de septiembre se ha convertido en una fecha tan cargada de significado en México?
Porque dos de los terremotos más devastadores de la historia moderna del país ocurrieron exactamente en esa fecha, con 32 años de diferencia. Es como si la historia se repitiera, como si la tierra tuviera memoria de su propio dolor.
¿Hay algo que explique por qué ambos sismos fueron tan destructivos a pesar de sus diferentes magnitudes?
La magnitud es solo parte de la historia. El de 1985 fue más fuerte, pero el de 2017 golpeó una ciudad que ya estaba dañada, psicológicamente frágil. Además, ambos ocurrieron en una ciudad construida sobre sedimentos blandos que amplifican todo. Es como construir una casa sobre gelatina.
¿Qué significa que haya 22 microsismos registrados en 2025 hasta septiembre?
Significa que la tierra no descansa. Esos pequeños temblores son liberaciones de tensión, pero también recordatorios de que hay fallas activas bajo la ciudad. No son catastróficos, pero son señales de que el sistema tectónico está vivo y activo.
¿Puede predecirse cuándo ocurrirá el próximo gran terremoto?
No. La ciencia puede medir, monitorear, entender los mecanismos, pero no puede predecir. Eso es lo que hace que vivir en la Ciudad de México sea un acto de fe constante.
¿Qué diferencia hay entre vivir en una ciudad con riesgo sísmico conocido y vivir en una ciudad donde el riesgo es ignorado?
La diferencia es la preparación, la conciencia, la cultura de la prevención. México conoce su riesgo. Eso no lo elimina, pero al menos permite que la gente viva con los ojos abiertos.