Ecuador enfrenta apagones de hasta cuatro horas diarias por la peor sequía en 50 años

Millones de ecuatorianos enfrentan interrupciones diarias de electricidad que afectan sus hogares, negocios y actividades cotidianas, con pérdidas comerciales estimadas en 18 millones de dólares por hora sin servicio.
El ministro prometió que no habría apagones hace tres semanas
La promesa pública del Gobierno se desmorona cuando la crisis energética golpea sin previo aviso.

Bajo el peso de la peor sequía en medio siglo, Ecuador ha vuelto a encontrarse con una verdad que las naciones dependientes de la naturaleza conocen bien: la prosperidad moderna descansa sobre cimientos que el clima puede remover. Los apagones de hasta cuatro horas diarias que paralizan semáforos, comercios y hogares en veintiún provincias no son solo una falla técnica, sino el reflejo de décadas de planificación postergada frente a un riesgo conocido. El Fenómeno de El Niño ha secado los ríos que alimentan el noventa por ciento de la generación eléctrica del país, y con ellos ha expuesto la fragilidad de una infraestructura que ya vivió esta misma crisis catorce años atrás.

  • Los semáforos se apagan, los policías salen a las calles y los comercios operan en penumbra: Ecuador enfrenta su primera crisis de racionamiento eléctrico en catorce años.
  • Un déficit de 465 megavatios hora provocado por El Niño amenaza con extenderse meses, mientras el sector productivo estima pérdidas de 18 millones de dólares por cada hora sin electricidad.
  • La promesa pública del ministro de Energía —hecha apenas tres semanas antes— de que no habría apagones agrava la desconfianza ciudadana y la crítica empresarial por la ausencia de un plan de contingencia.
  • El presidente Lasso busca apoyo energético en Colombia, aunque ese país también enfrenta problemas propios de generación y ha reducido sus suministros a Ecuador.
  • El Gobierno apuesta a reactivar plantas termoeléctricas para enero de 2024 y promete electricidad continua para Navidad, mientras los ecuatorianos llenan sus carritos con velas.

El viernes comenzó como cualquier otro día en Quito y Guayaquil hasta que los semáforos se apagaron. Los policías salieron a dirigir el tráfico a mano, los comercios abrieron a oscuras y los restaurantes esperaron clientes que no llegaron. Era el primer día visible de una crisis que Ecuador, en el fondo, ya había vivido antes.

El Gobierno decretó apagones de hasta cuatro horas diarias para enfrentar la peor sequía en cincuenta años. El Fenómeno de El Niño había secado los ríos de la región oriental, donde opera el noventa por ciento de las hidroeléctricas del país, dejando un déficit de 465 megavatios hora que ninguna solución inmediata podía cerrar. Veintiún de las veinticuatro provincias sufrieron cortes ese primer día.

La amargura se acentuaba por las palabras del ministro de Energía Fernando Santos, quien apenas tres semanas antes había garantizado públicamente que no habría apagones. Ahora explicaba que la generación simplemente no alcanzaba. El presidente Lasso viajó a Colombia para pedir apoyo a Gustavo Petro, aunque Bogotá enfrentaba sus propios problemas y ya había reducido los suministros que enviaba al sur.

Las pérdidas eran enormes: 160 millones de dólares estimados por el Gobierno, y 18 millones por cada hora sin electricidad según el sector comercial. Las cámaras de producción criticaron duramente la falta de planificación, señalando que las condiciones de sequía eran previsibles y que el anuncio llegó sin consulta previa, justo en el trimestre de mayor actividad económica del año.

No era la primera vez. En 2009 una sequía similar obligó a racionar electricidad durante casi dos meses con pérdidas de 1.200 millones de dólares. En 1992 los apagones fueron tan severos que el presidente Durán Ballén adelantó una hora los relojes del país. Ahora el Gobierno prometía plantas termoeléctricas operativas para enero de 2024 y luz continua para Navidad. Mientras tanto, los ecuatorianos salían a comprar velas, preparándose para noches que nadie había querido anticipar.

En las calles de Quito y Guayaquil, el viernes comenzó como cualquier otro día hasta que los semáforos se apagaron. Los automóviles quedaron detenidos en mitad de las avenidas, sin señales de tránsito que los guiaran. Los policías tuvieron que salir a dirigir manualmente el flujo vehicular mientras el caos se extendía por toda la ciudad. En los comercios, la situación era igualmente desoladora: tiendas abiertas pero a oscuras, peluquerías que ofrecían cortes de cabello sin secador, restaurantes con comida lista pero sin clientes dispuestos a comprar en la penumbra. Fue el primer día de una crisis que nadie esperaba, o al menos que nadie quiso anticipar.

Ecuador enfrentaba apagones de hasta cuatro horas diarias, una medida de emergencia decretada por el Gobierno para hacer frente a la peor sequía registrada en cincuenta años. El fenómeno de El Niño había secado los ríos de la región oriental, donde se encuentran el noventa por ciento de las plantas hidroeléctricas que alimentan al país. Sin agua suficiente, estas instalaciones no podían generar la energía necesaria para satisfacer la demanda nacional. El déficit alcanzaba los cuatrocientos sesenta y cinco megavatios hora, una brecha que el país no estaba preparado para cerrar.

La ironía era amarga: apenas tres semanas antes, el ministro de Energía Fernando Santos había prometido públicamente que no habría apagones, que el país podía estar tranquilo, que el Gobierno lo garantizaba. Ahora ese mismo funcionario explicaba que la generación simplemente no alcanzaba para cubrir la demanda. Veintiuno de las veinticuatro provincias sufrieron cortes ese viernes. En la Sierra y la Amazonía, el racionamiento llegaba a cuatro horas diarias. En la Costa, donde las temperaturas altas durante todo el año habían disparado el consumo de electricidad, los cortes duraban tres horas, aunque esta región era la que más energía consumía.

El presidente Guillermo Lasso anunció que viajaría a Colombia el sábado para reunirse con Gustavo Petro y solicitar apoyo. Ecuador había vendido energía a su vecino del norte en momentos difíciles anteriores, y ahora esperaba reciprocidad. Pero Colombia enfrentaba sus propios problemas de generación y había tenido que reducir los suministros que enviaba a Ecuador. El país se encontraba atrapado en una crisis sin soluciones inmediatas.

La factura de la emergencia era enorme. El Gobierno estimaba que la crisis le costaría ciento sesenta millones de dólares. El sector comercial, golpeado además por la inseguridad que había marcado todo el año, calculaba que perdería dieciocho millones de dólares por cada hora sin electricidad. Las cámaras de comercio y producción criticaban duramente la falta de planificación. María Paz Jervis, presidenta de la Cámara de la Producción, señaló que las condiciones de sequía ya se preveían desde hace tiempo, pero el Gobierno no había gestionado ningún plan de contingencia. El anuncio de los apagones había llegado de repente, sin consultar al sector privado, en el último trimestre del año cuando la actividad económica alcanza su pico más alto.

La historia no era nueva en Ecuador. Catorce años atrás, en dos mil nueve, una sequía similar había obligado a racionar electricidad durante casi dos meses, generando pérdidas de mil doscientos millones de dólares en el sector productivo. Aún más atrás, en mil novecientos noventa y dos, los apagones habían sido tan severos que el entonces presidente Sixto Durán Ballén decidió adelantar una hora los relojes del país para que todas las actividades comenzaran antes y aprovecharan mejor las horas de luz. La medida quedó como una anécdota, no como una solución.

Ahora, el Gobierno trabajaba en un plan de contingencia para reactivar plantas termoeléctricas que podrían entrar en funcionamiento hacia enero de dos mil veinticuatro, siempre que los contratos de suministro no se cayeran como había ocurrido en ocasiones anteriores. Se esperaba que para Navidad la electricidad fuera permanente. Pero mientras tanto, los ecuatorianos salían a las tiendas a comprar velas, preparándose para noches sin luz que nadie había previsto que llegarían.

No habrá apagones. El país puede estar tranquilo. El Gobierno lo garantiza.
— Fernando Santos, ministro de Energía, el 3 de octubre
Las condiciones de estiaje ya se preveían. Sin embargo, no se gestionó ningún plan de contingencia.
— María Paz Jervis, presidenta de la Cámara de la Producción
The Hearth Conversation Another angle on the story
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¿Por qué el Gobierno no vio venir esto si la sequía ya era predecible?

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El fenómeno de El Niño estaba en el radar, pero parece que no hubo una verdadera planificación. El ministro de Energía incluso prometió públicamente que no habría apagones hace apenas tres semanas. Es difícil saber si fue negligencia o simplemente optimismo mal calibrado.

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¿Qué significa perder dieciocho millones de dólares por hora sin electricidad?

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Significa que un restaurante no puede cocinar, una tienda no puede vender, una oficina no puede funcionar. Multiplica eso por miles de negocios durante cuatro horas al día, y entiendes por qué el sector está furioso. Es especialmente cruel porque esto ocurre en el trimestre más importante para las ventas.

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¿Por qué el noventa por ciento de la energía depende de hidroeléctricas?

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Porque Ecuador tiene ríos abundantes y geografía montañosa. Fue una decisión lógica hace décadas. Pero eso significa que cuando llueve poco, todo se detiene. No hay diversificación real, no hay respaldo suficiente.

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¿Qué espera Ecuador de Colombia?

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Que le venda energía como lo ha hecho antes. Pero Colombia está enfrentando el mismo problema climático. No hay un salvador disponible. Es un recordatorio de cuán interconectados están estos países, y cuán vulnerables son a los mismos fenómenos climáticos.

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¿Cuándo termina esto?

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Oficialmente, el Gobierno dice que para Navidad habrá electricidad permanente. Pero eso depende de que las plantas termoeléctricas entren en funcionamiento sin problemas contractuales. Mientras tanto, la gente compra velas y espera.

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