Operadores denuncian falta de maquinaria pesada que ralentiza rescates en Venezuela

Miles de personas desaparecidas bajo escombros tras terremotos de magnitud 7,2 y 7,5; familias realizan búsquedas manuales sin equipamiento adecuado; al menos dos muertes confirmadas en un caso documentado.
Hemos trabajado con las uñas
Josely Zorrilla describe los días de búsqueda manual de sus familiares bajo los escombros sin maquinaria pesada disponible.

Tras los terremotos del 24 de junio en Venezuela —los más mortíferos en más de un siglo— una paradoja cruel se instaló entre los escombros: decenas de operadores especializados llegaron dispuestos a trabajar, pero no encontraron maquinaria con qué hacerlo. La burocracia, la propiedad privada de los equipos y la escasez de combustible convirtieron la urgencia en espera, mientras las familias removían concreto con sus propias manos. En la distancia entre lo que se necesita y lo que existe, el tiempo —el recurso más escaso en un rescate— seguía corriendo.

  • Sismos de magnitud 7,2 y 7,5 redujeron edificios enteros a montañas de concreto en La Guaira, dejando a miles de personas atrapadas bajo los escombros.
  • Operadores especializados convocados desde distintos estados llegaron a las zonas devastadas solo para descubrir que no había excavadoras disponibles para operar.
  • Las máquinas existentes estaban bloqueadas por dueños privados que prohibían su uso a personal externo, dañadas o simplemente sin combustible.
  • Civiles como Josely Zorrilla buscaron a sus familiares manualmente durante días; encontró muertos a su madre y su sobrina, y aún busca a su padre sin equipamiento adecuado.
  • Un oficial militar con control sobre cuatro excavadoras le negó el acceso y le sugirió llamar a Delcy Rodríguez, una respuesta que Zorrilla describió como una burla abierta.
  • Hacia el sábado la presencia de maquinaria aumentó levemente, pero los rescatistas advierten que cada hora perdida reduce las posibilidades de encontrar sobrevivientes con vida.

Cuando los terremotos del 24 de junio sacudieron Venezuela con magnitudes de 7,2 y 7,5, la respuesta humana fue inmediata: decenas de operadores de maquinaria pesada viajaron desde distintos estados, convocados por las autoridades para remover los escombros de los edificios colapsados en La Guaira. Pero al llegar, encontraron una realidad que nadie había previsto: no había máquinas para trabajar.

Leonardo Malvasida llegó desde el estado Lara junto a once compañeros enviados por la alcaldía Andrés Eloy Blanco. El viaje fue rápido; la espera, interminable. Las excavadoras disponibles pertenecían a empresas privadas que no autorizaban su uso a personal externo. Otras estaban dañadas o sin combustible. Cuando los operadores pedían equipos adicionales, la respuesta era siempre la misma: esperen a que se desocupen los que ya están en uso.

Mientras los especialistas permanecían inactivos, los vecinos de Tanaguarena y otras localidades devastadas comenzaron a remover escombros con las manos. Josely Zorrilla pasó días trabajando con herramientas improvisadas junto a otros residentes. Encontró sin vida a su madre y a una sobrina. Seguía buscando a su padre y al novio de la joven fallecida cuando intentó acceder a cuatro excavadoras controladas por un oficial militar, quien le respondió que no tenía autorización y le sugirió llamar a Delcy Rodríguez. La crueldad de la respuesta quedó grabada en su relato. Para agravar todo, una funeraria le exigía 600 dólares por la cremación de sus familiares.

Hacia el viernes comenzaron a aparecer algunos equipos; el sábado su presencia creció, aunque todos coincidían en que seguía siendo insuficiente. Brigadas internacionales de Francia y México trabajaban en las zonas más afectadas, y miles de rescatistas nacionales estaban desplegados. Pero para las familias que aún esperaban noticias, la ecuación era simple y desesperada: cada hora sin maquinaria era una hora menos de posibilidades de encontrar a sus seres queridos con vida.

Los equipos de rescate que llegaron a Venezuela después de los terremotos del 24 de junio se encontraron con un problema que nadie había anticipado: no había máquinas para trabajar. Decenas de operadores especializados viajaron desde distintos puntos del país, convocados por la urgencia de remover escombros en las zonas devastadas, pero al llegar descubrieron que las excavadoras y equipos pesados simplemente no estaban disponibles. La paradoja era brutal: había personal calificado esperando instrucciones, pero no había maquinaria para que operaran.

Leonardo Malvasida fue uno de esos operadores. Llegó desde el estado Lara como parte de un grupo de doce trabajadores enviados por la alcaldía Andrés Eloy Blanco después de que las autoridades pidieran operadores de maquinaria pesada. El viaje fue rápido, la respuesta fue inmediata. Pero cuando Malvasida y sus compañeros llegaron a La Guaira, donde los sismos de magnitud 7,2 y 7,5 habían reducido edificios enteros a montañas de concreto y acero, la realidad fue completamente distinta a la que esperaban. No había máquinas. Había operadores, pero no había maquinaria pesada. Cuando pidieron a las autoridades que enviaran equipos adicionales, la respuesta fue siempre la misma: esperen a que se desocupen las máquinas que ya están trabajando en otros edificios.

El problema tenía varias capas. Algunas excavadoras pertenecían a empresas privadas cuyos dueños no permitían que personas ajenas a sus equipos habituales las operaran. Otras estaban dañadas o sin combustible. El resultado era que mientras los operadores especializados permanecían inactivos, los civiles de las zonas afectadas comenzaron a remover escombros con las manos. En Tanaguarena, una de las localidades más golpeadas del estado La Guaira, familias enteras trabajaban manualmente buscando a sus seres queridos bajo los restos de los edificios colapsados.

Josely Zorrilla fue una de esas personas. Durante días trabajó junto a otros vecinos prácticamente sin equipamiento, removiendo concreto y acero con herramientas improvisadas. Encontró sin vida a su madre y a una sobrina entre los escombros. Ahora seguía buscando a su padre y al novio de la joven fallecida. El dolor de las pérdidas se multiplicaba con cada obstáculo: cuando intentó acceder a la maquinaria disponible, se encontró con que un oficial militar que controlaba cuatro excavadoras le dijo que no tenía autorización para usarlas, sugiriéndole que llamara a Delcy Rodríguez si quería resolver el problema. La burla era tan evidente que Zorrilla no pudo dejar de mencionarla. Además, una funeraria le exigía 600 dólares para cremar a sus familiares.

El tiempo era el enemigo invisible en esta historia. Los primeros días después del desastre, los vecinos denunciaron que las máquinas llegaban con demora a las zonas más afectadas. Recién hacia el viernes comenzaron a verse algunos equipos, y fue durante el sábado cuando su presencia aumentó, aunque todos coincidían en que seguía siendo insuficiente. Para quienes buscaban sobrevivientes bajo los escombros, cada hora que pasaba sin maquinaria pesada era una hora en la que las posibilidades de encontrar personas con vida disminuían. Los terremotos del 24 de junio fueron considerados los más mortíferos registrados en Venezuela en más de un siglo. Miles de rescatistas nacionales e internacionales estaban desplegados en las zonas afectadas, incluyendo brigadas de Francia y México que Zorrilla reconoció como fundamentales. Pero para las familias que seguían esperando noticias, la urgencia era clara y simple: necesitaban las máquinas ahora, antes de que el tiempo terminara por extinguir las últimas posibilidades de hallar a sus seres queridos vivos.

Hay cantidades de operadores, pero no hay maquinaria pesada
— Leonardo Malvasida, operador de maquinaria pesada
Hay 1.500 trabas, un general por allá tiene cuatro maquinarias y nos dijo que no tenía autorización, que si queríamos que llamáramos a Delcy Rodríguez, burlándose de nosotros
— Josely Zorrilla, familiar de desaparecidos
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
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¿Por qué los operadores especializados no podían simplemente usar las excavadoras que ya estaban en el terreno?

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Porque muchas pertenecían a empresas privadas. Los dueños no permitían que personas ajenas a sus equipos habituales las operaran. Era una cuestión de control, no de capacidad.

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¿Y las autoridades no podían intervenir para requisar esas máquinas en una emergencia?

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Aparentemente no, o no lo hicieron. Malvasida dijo que les pidieron que esperaran. Un oficial militar incluso sugirió que llamaran a Delcy Rodríguez si querían resolver el problema, como si fuera una broma.

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¿Cuánto tiempo pasó antes de que llegara la maquinaria a las zonas más afectadas?

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Varios días. Los vecinos denunciaron demoras en las primeras jornadas. Recién hacia el viernes empezaron a ver equipos, y fue el sábado cuando aumentó la presencia. Para entonces, muchas personas ya habían muerto.

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¿Qué hacían los civiles mientras esperaban?

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Trabajaban con las manos. Removían escombros manualmente, buscando a sus familiares bajo toneladas de concreto y acero. Josely Zorrilla lo resumió así: "Hemos trabajado con las uñas".

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¿Hubo algún reconocimiento de que el sistema había fallado?

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No explícitamente. Las autoridades anunciaron la creación de una comisión para evaluar viviendas dañadas y prolongaron la suspensión de clases. Pero para quienes buscaban sobrevivientes, esas medidas eran irrelevantes. Lo que necesitaban eran máquinas, y no las tenían.

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