Cuba reporta 7.950 nuevos casos de COVID-19 y 77 muertes mientras enfrenta su peor momento

Tres muertes maternas reportadas entre 77 fallecidos; 103.209 personas hospitalizadas incluyendo 166 en estado crítico; crisis humanitaria con escasez de medicinas y alimentos.
La situación no hace más que empeorar con el paso de los días
Advertencia del neurocirujano Alexander Pupo sobre la crisis sanitaria que atravesaba Cuba en agosto de 2021.

En el umbral del otoño de 2021, Cuba alcanzó el punto más oscuro de su historia pandémica: una isla de 11 millones de personas registraba la tasa de contagio más alta de América Latina, mientras tres mujeres embarazadas morían junto a decenas de compatriotas en un solo día. La paradoja era cruel — el mismo gobierno que desarrollaba su propia vacuna rechazaba la ayuda internacional, dejando a su pueblo navegar entre la escasez, el silencio oficial y el grito colectivo de las redes sociales.

  • Con 7.950 contagios y 77 muertos en un solo día — incluyendo tres muertes maternas — Cuba rompía todos sus récords pandémicos mientras más de 103.000 personas permanecían hospitalizadas o aisladas.
  • La tasa de incidencia de 1.187,3 casos por cada 100.000 habitantes convirtió a Cuba en el epicentro de la pandemia en América Latina y el Caribe, con 261 focos activos dispersos por toda la isla.
  • El régimen apostó exclusivamente por su vacuna propia, Abdala, rechazando el mecanismo COVAX y las vacunas internacionales, dejando al 54% de la población sin ninguna dosis mientras el virus se propagaba sin control.
  • Los hashtags #SOSCuba y #SOSMatanzas detonaron una ola de solidaridad transnacional — desde artistas como Ozuna y Ricardo Montaner hasta ciudadanos en cinco países — exigiendo un corredor humanitario ante la escasez de medicinas y alimentos.
  • Médicos cubanos como el neurocirujano Alexander Pupo rompieron el silencio para denunciar no solo el colapso hospitalario, sino brotes paralelos de sarna y una crisis de hambre que calificaron de criminal.

Cuba abrió la semana del 9 de agosto de 2021 con las cifras más devastadoras de su historia pandémica. En un solo día se reportaron 7.950 nuevos contagios, 77 muertes — entre ellas tres mujeres embarazadas — y más de 103.000 personas hospitalizadas o en aislamiento. Desde marzo de 2020, la isla acumulaba 466.169 diagnósticos y 3.515 fallecidos.

La transmisión era casi enteramente local: de los cerca de 8.000 nuevos casos, apenas 18 provenían de viajeros internacionales. En ese momento, 46.746 personas eran portadoras activas del virus, 166 en estado crítico y 308 en condición grave. La Habana concentraba 1.724 casos nuevos, mientras Santiago de Cuba registraba 798 y acumulaba 68 brotes simultáneos. Con una tasa de 1.187,3 casos por cada 100.000 habitantes, Cuba se convirtió en el país con mayor incidencia de toda América Latina y el Caribe.

En medio de la catástrofe, el gobierno avanzaba en su campaña de vacunación con Abdala, una fórmula propia con eficacia declarada del 92,2%. Sin embargo, rechazó participar en COVAX y no adquirió vacunas internacionales. Solo el 45,6% de los cubanos había recibido al menos una dosis, y apenas el 25,2% completaba el esquema de tres inyecciones.

La respuesta ciudadana fue inmediata y sin precedentes. Los hashtags #SOSCuba y #SOSMatanzas se volvieron tendencia global tras el colapso hospitalario en Matanzas. Desde Cuba, España, Ecuador, Inglaterra y Estados Unidos, ciudadanos y organizaciones coordinaron recolectas de medicamentos, alimentos e insumos médicos, mientras artistas como Ricardo Montaner, Ozuna y Rauw Alejandro amplificaban el llamado de auxilio. Dentro de la isla, puntos de acopio se habilitaron en universidades, tiendas y centros culturales.

Los propios médicos cubanos contradecían el relato oficial. El neurocirujano Alexander Pupo denunció públicamente que la situación empeoraba cada día, que los hospitales operaban en condiciones precarias y que la isla enfrentaba simultáneamente brotes de sarna y una crisis de hambre que calificó de criminal. La imagen de un país líder en vacunación chocaba frontalmente con el testimonio de quienes vivían el colapso desde adentro.

Cuba comenzó la semana del 9 de agosto de 2021 con cifras que reflejaban el peor momento de la pandemia en la isla: 7.950 nuevos contagios reportados en un solo día, 77 muertes —entre ellas tres de mujeres embarazadas— y más de 103.000 personas hospitalizadas o en aislamiento domiciliario. Desde que el virus llegó a la isla en marzo de 2020, el país acumulaba ya 466.169 diagnósticos confirmados y 3.515 fallecidos.

Las pruebas realizadas el domingo anterior habían detectado principalmente transmisión local: de los casi 8.000 nuevos casos, solo 18 provenían de viajeros que llegaban desde Panamá, España, Rusia, Italia, Canadá, Argelia, Colombia, Costa Rica, Irak y Francia. El resto se propagaba dentro de la población cubana sin control aparente. En ese momento, 46.746 personas estaban confirmadas como portadoras activas del virus, de las cuales 166 se encontraban en estado crítico y 308 en condición grave. Otros 51.998 presentaban síntomas sospechosos y 4.465 estaban bajo vigilancia epidemiológica.

La geografía del brote mostraba un patrón claro de concentración. La Habana, la provincia occidental más poblada, reportaba 1.724 casos nuevos. En el centro del país, Cienfuegos y Ciego de Ávila sumaban 1.071 y 506 respectivamente. Hacia el oriente, Santiago de Cuba registraba 798 contagios. En total, había 261 focos activos de transmisión dispersos por la isla, siendo Santiago el territorio con mayor cantidad de ellos: 68 brotes simultáneos. Con una población de 11,2 millones de habitantes, Cuba había alcanzado una tasa de incidencia de 1.187,3 casos por cada 100.000 personas, la más alta de toda América Latina y el Caribe.

Paradójicamente, mientras enfrentaba esta crisis, Cuba estaba en medio de una campaña masiva de vacunación con su propia fórmula, la Abdala, desarrollada por sus centros científicos. La vacuna había mostrado una eficacia del 92,2% en ensayos clínicos con un esquema de tres dosis y había recibido autorización de emergencia de las autoridades reguladoras locales. Sin embargo, el gobierno no había adquirido vacunas en el mercado internacional ni participaba en COVAX, el mecanismo de la Organización Mundial de la Salud diseñado para que países de ingresos medios y bajos accedieran a inmunizantes. Hasta ese momento, 4,6 millones de cubanos —el 45,6% de la población— habían recibido al menos una dosis durante los ensayos clínicos y estudios de intervención, mientras que 2,8 millones (25,2%) completaban el esquema de tres inyecciones.

La crisis sanitaria había generado una respuesta ciudadana sin precedentes. Los hashtags #SOSCuba y #SOSMatanzas se convirtieron en tendencia en redes sociales, especialmente después de que la provincia de Matanzas, ubicada al este de La Habana, llegara al borde del colapso hospitalario. Ciudadanos coordinaron campañas espontáneas a través de Twitter, Facebook, Telegram y WhatsApp para recolectar dinero, medicamentos, alimentos e insumos médicos. Organizaciones de la sociedad civil, instituciones gubernamentales y personas de Cuba, España, Inglaterra, Ecuador y Estados Unidos se sumaron a estos esfuerzos solidarios, demandando un corredor humanitario que permitiera enviar ayuda a las zonas más afectadas. Dentro de la isla, se habilitaron puntos de acopio en lugares como el Centro Memorial Martin Luther King, la tienda Clandestina y la Facultad de Economía de la Universidad de La Habana. Artistas como el cantante Ricardo Montaner y los reguetoneros puertorriqueños Ozuna y Rauw Alejandro amplificaron el mensaje de la crisis en sus plataformas.

Los profesionales de la salud cubanos pintaban un cuadro más sombrío que las cifras oficiales. El neurocirujano Alexander Pupo, uno de los críticos más visibles del sistema sanitario cubano, declaró a medios internacionales que la situación empeoraba cada día. Denunció que el COVID-19 no era el único problema: la isla enfrentaba simultáneamente brotes de sarna y una crisis de hambre que calificó como criminal. La paradoja era evidente: Cuba se presentaba como líder en la carrera de vacunación latinoamericana, pero sus propios médicos denunciaban la negligencia del régimen y las condiciones precarias de los hospitales y centros de salud.

La situación no hace más que empeorar con el paso de los días. En Cuba realmente está afectando el COVID-19 junto con otras epidemias, como la de sarna, y la hambruna, que es criminal
— Alexander Pupo, neurocirujano cubano
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
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¿Por qué Cuba tiene la tasa de incidencia más alta de América Latina si está vacunando a su población?

Model

Porque la vacunación apenas comenzaba. Solo el 45% había recibido una dosis cuando la ola de contagios ya estaba fuera de control. Además, sin acceso a vacunas internacionales, dependía completamente de su propia producción.

Inventor

¿Qué significa que no participen en COVAX?

Model

Significa que rechazaron el mecanismo global de la OMS para acceder a vacunas. Eligieron confiar solo en Abdala, su vacuna casera, sin respaldo internacional.

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¿Por qué surgieron esos hashtags de auxilio?

Model

Porque el sistema de salud colapsaba. La gente no encontraba medicinas, alimentos ni camas de hospital. Ciudadanos comunes comenzaron a organizar donaciones por redes sociales porque el Estado no respondía.

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¿Qué dicen los médicos cubanos sobre todo esto?

Model

Que es mucho peor de lo que los números muestran. Hablan de hambre, de otras enfermedades como la sarna, de hospitales sin recursos. Un neurocirujano prominente llamó criminal la situación.

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¿Cómo es posible que Cuba sea líder en vacunación pero tenga la peor crisis?

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Porque liderar en vacunación no significa tener suficientes dosis para todos ni que la vacuna llegue a tiempo. Cuando los contagios explotan, una campaña de inmunización lenta no puede contenerlos.

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