Cuando compras una libra de carne y tratas de dividirla en varias comidas, se echa a perder porque puedes pasar hasta 20 horas sin corriente
En la primavera de 2026, Cuba y Estados Unidos sostienen versiones irreconciliables de una misma crisis: Washington registra millones de dólares en combustible y alimentos autorizados hacia la isla, mientras La Habana atribuye el colapso energético al embargo y a décadas de presión externa. En las calles de Bayamo y en las protestas del 24 de mayo en La Habana, millones de cubanos viven la distancia entre los datos oficiales y la realidad de los apagones. La paradoja de fondo es antigua: cuando dos narrativas se enfrentan con igual convicción, quienes pagan el precio son siempre los que no tienen voz en ninguna de las dos.
- Millones de cubanos soportan cortes de electricidad de hasta veinte horas diarias, obligándolos a cocinar con leña y a sobrevivir con una sola comida al día.
- El 24 de mayo, grupos de ciudadanos bloquearon calles y quemaron basura en La Habana, convirtiendo la desesperación acumulada en protesta visible.
- Washington endurece las sanciones, impone bloqueos petroleros adicionales y presenta cargos históricos contra Raúl Castro, elevando la tensión bilateral a niveles sin precedente.
- La Habana responde con acusaciones de 'guerra económica despiadada' y niega cualquier intención bélica, mientras denuncia que Estados Unidos construye un pretexto para una intervención.
- Los datos federales muestran USD 8,7 millones en combustible y más de USD 32 millones en alimentos exportados a Cuba en marzo, pero el flujo autorizado no logra cerrar la brecha entre lo que llega y lo que la población necesita.
En marzo de 2026, registros federales estadounidenses documentaron 8,7 millones de dólares en exportaciones de combustible hacia Cuba —un aumento respecto al mes anterior— junto a más de 32 millones en alimentos. El comercio autorizado existe, aunque canalizado exclusivamente hacia el sector privado cubano. Y sin embargo, la isla permanece a oscuras.
Esa paradoja define el momento. El gobierno cubano ha intensificado su campaña de acusaciones contra Washington, responsabilizando al embargo y a las sanciones por el colapso energético que paraliza la vida cotidiana. Desde la retirada del apoyo venezolano, las autoridades sostienen que las restricciones externas impiden adquirir combustible y acceder al financiamiento necesario para sostener la infraestructura energética.
En barrios como Bayamo, la escasez ha reconfigurado los hábitos más básicos. Familias recurren a la leña y al río para cocinar. Una residente explicó la lógica brutal del problema: comprar carne y dividirla en varias comidas es imposible cuando puede pasar veinte horas sin electricidad para conservarla. En muchos hogares, una sola comida diaria es todo lo que el presupuesto permite.
El 24 de mayo, La Habana fue escenario de protestas: personas bloquearon calles y encendieron basura, según imágenes difundidas en redes sociales. El descontento se extiende por toda la isla, expresión directa de meses de apagones y desnutrición silenciosa.
La escalada bilateral ha alcanzado nuevos niveles. Washington clasificó a Cuba como 'amenaza para la seguridad nacional', endureció sanciones y presentó cargos sin precedentes contra Raúl Castro por crímenes de hace tres décadas. La Habana rechaza todo categóricamente, denuncia un 'caso fraudulento' diseñado para justificar una intervención y afirma que Cuba 'ni amenaza ni desea la guerra'.
Lo que Cuba llama castigo colectivo es, desde la perspectiva estadounidense, un sistema de restricciones selectivas orientadas a presionar cambios políticos. Los datos sugieren que no hay un bloqueo total, sino una arquitectura de limitaciones que, combinada con la debilidad estructural de la economía cubana, impide que incluso los productos autorizados reviertan la crisis. El combustible llega, pero no alcanza. Los alimentos se venden, pero los salarios no llegan. Las acusaciones cruzadas no alimentan a nadie; las protestas en las calles son el lenguaje que queda cuando las palabras se agotan.
En marzo de 2026, el gobierno de Estados Unidos autorizó la venta de 8,7 millones de dólares en combustible hacia Cuba, cifra que representa un aumento respecto al mes anterior. Al mismo tiempo, despachó más de 32 millones de dólares en alimentos y bebidas. Los registros federales son claros: el comercio autorizado hacia la isla continúa, aunque dentro de límites estrictos y canalizados exclusivamente hacia el sector privado cubano. Y sin embargo, millones de cubanos siguen sin electricidad.
La paradoja define el momento actual en las relaciones entre La Habana y Washington. Mientras los datos comerciales estadounidenses muestran un flujo de importaciones que debería aliviar la escasez, la realidad en las calles cubanas cuenta una historia diferente. El gobierno cubano ha intensificado en las últimas semanas su campaña de acusaciones contra Estados Unidos, responsabilizando al embargo y a las sanciones por el colapso energético que paraliza la isla. Desde la caída del apoyo venezolano, las autoridades cubanas sostienen que las restricciones externas impiden la adquisición de combustibles y el acceso al financiamiento internacional necesario para mantener la infraestructura energética.
En barrios como Bayamo, familias han aprendido a vivir sin electricidad de formas que parecen sacadas de otro siglo. Recurren a la leña, al río, a materiales recogidos en las calles para cocinar. Una residente local explicó a Telemundo 51 la lógica brutal de la escasez: cuando compras una libra de carne e intentas dividirla en varias comidas, se echa a perder porque es posible pasar hasta veinte horas sin corriente. En algunos hogares, una sola comida al día es todo lo que el presupuesto permite. Los cortes de electricidad abarcan franjas horarias extensas, afectando no solo la cocina sino la conservación de alimentos, la vida diaria en su totalidad.
El 24 de mayo, La Habana presenció protestas que reflejaban la acumulación de frustración. Grupos de personas bloquearon calles y encendieron basura en las calles, según imágenes difundidas en redes sociales. El descontento no se limita a la capital; se extiende por otras regiones de la isla, vinculado directamente a la persistencia de la crisis energética y de abastecimiento. Es una respuesta a meses de apagones, a la imposibilidad de cocinar, a la desnutrición silenciosa que avanza en los hogares.
La escalada de tensiones bilaterales ha alcanzado nuevos niveles. Washington ha endurecido las sanciones, impuesto bloqueos petroleros adicionales y presentado cargos sin precedentes contra el exmandatario cubano Raúl Castro, acusándolo de crímenes cometidos hace tres décadas. La administración Trump ha clasificado a Cuba como una "amenaza para la seguridad nacional" y advierte que la posibilidad de un acuerdo pacífico "no es alta". Desde La Habana, el rechazo es categórico. El gobierno cubano denuncia que Estados Unidos construye "un caso fraudulento" para justificar una eventual intervención militar. La cancillería cubana niega cualquier intención bélica y afirma que "ni amenaza ni desea la guerra".
Lo que Cuba llama "guerra económica despiadada" y "castigo colectivo" es, desde la perspectiva estadounidense, un conjunto de restricciones comerciales y financieras dirigidas a presionar cambios políticos. Los datos de exportaciones autorizadas sugieren que no se trata de un bloqueo total, sino de un sistema de restricciones selectivas. Sin embargo, esas restricciones, combinadas con la caída del apoyo venezolano y la debilidad estructural de la economía cubana, han creado una situación donde incluso los productos que se autoriza importar no logran revertir la crisis interna. El combustible llega, pero no en cantidades suficientes. Los alimentos se venden, pero los salarios no alcanzan. La brecha entre lo que entra y lo que la población necesita permanece abierta.
En este punto, la acusación cubana y la realidad de los datos comerciales coexisten sin resolverse. Cuba sostiene que el embargo es la causa raíz de su crisis. Estados Unidos sostiene que Cuba atraviesa dificultades profundas por razones internas, mientras mantiene canales comerciales limitados pero existentes. Lo que es innegable es que millones de cubanos continúan enfrentando apagones prolongados, dificultades para acceder a productos básicos, y una vida cotidiana marcada por la escasez. Las acusaciones cruzadas no alimentan a nadie. Las protestas en las calles, en cambio, son el lenguaje que queda cuando las palabras se agotan.
Citas Notables
Cuando compras una libra de carne y tratas de dividirla en varias comidas, se echa a perder porque puedes pasar hasta 20 horas sin corriente— Maydenis, residente de Bayamo, a Telemundo 51
Cuba denuncia que Estados Unidos construye un caso fraudulento para justificar una eventual intervención militar— Cancillería cubana
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué Cuba insiste en culpar a Estados Unidos si hay registros de que el combustible sigue llegando?
Porque la cantidad que llega no es suficiente para sostener el sistema. Ocho millones de dólares en combustible para una isla de once millones de personas no cubre las necesidades básicas. Es como decir que hay comida en el mercado cuando la mayoría no tiene dinero para comprarla.
Pero entonces, ¿cuál es el verdadero problema? ¿El embargo o la gestión interna?
Probablemente ambos. El embargo existe y tiene consecuencias reales. Pero también hay una economía que colapsó cuando Venezuela dejó de enviar petróleo subsidiado. No es una o la otra cosa; es la combinación.
¿Qué significa que una familia pase veinte horas sin electricidad?
Significa que no puedes conservar comida. Significa que cocinas con fuego en la calle. Significa que los niños no pueden estudiar de noche. Significa que la vida se reduce a lo más básico.
¿Las protestas del 24 de mayo cambiaron algo?
No. Fueron un grito. Pero los apagones continuaron. Las protestas en Cuba rara vez generan cambios políticos inmediatos. Lo que sí hacen es mostrar que la paciencia tiene límites.
¿Hay algún escenario donde esto mejore pronto?
No. Washington dice que la posibilidad de un acuerdo pacífico "no es alta". La Habana rechaza las acusaciones y habla de intervención militar. Mientras tanto, las familias siguen cocinando con leña.