Somos porque somos en comunidad y necesitamos construirnos en reciprocidad
El miedo infundado es una fuente principal de malestar; reconocer patrones de temores que nunca se cumplen permite vivir con mayor libertad y racionalidad. Los vínculos familiares y comunitarios son pilares esenciales del bienestar, contrarios al mito contemporáneo de la autosuficiencia individual que ha fracasado.
- Diego Garrocho es profesor titular de Filosofía Moral en la Universidad Autónoma de Madrid
- Identifica el miedo infundado como fuente principal del malestar contemporáneo
- Propone 30 minutos diarios de silencio consciente sin distracciones digitales
- Vive a 15-20 minutos de su familia cercana, lo que considera uno de sus mayores logros
El filósofo Diego Garrocho reflexiona sobre cómo la filosofía ayuda a construir una vida buena mediante el reconocimiento de miedos infundados, la valoración de vínculos comunitarios y el cultivo del pensamiento a largo plazo en una época de prisa y dispersión.
Diego Garrocho llegó a la filosofía casi por accidente. Un profesor en un instituto público de Madrid, allá por los años noventa, le mostró una disciplina que le pareció capaz de enfrentar los problemas más radicales de la existencia. Hoy, como profesor titular de Filosofía Moral en la Universidad Autónoma de Madrid, columnista de El País y autor de varios ensayos, sigue creyendo que la filosofía vale la pena precisamente porque se atreve a formular respuestas, aunque sean provisionales, disputables, abiertas al diálogo. No ofrece certezas definitivas. Ofrece algo mejor: la posibilidad de pensar bien.
En una conversación reciente, Garrocho identificó una pregunta que lo persigue: cómo vivir sin miedo. No el miedo legítimo ante un peligro real, sino el miedo infundado que nos habita, que nos genera más sufrimiento que la cosa temida misma. Observó que muchas personas viven aterrorizadas por cosas que nunca ocurrirán. Él mismo fue un estudiante atormentado por la certeza de que suspendería, a pesar de sacar buenas notas. Cuando reconoció el patrón —diecisiete veces temió algo que no sucedió— pudo empezar a liberarse. El conocimiento, creía Platón, nos salva. Garrocho sigue siendo platónico en eso: saber es preferible a no saber, incluso cuando duele.
Otra obsesión suya es el largo plazo. Vivimos en una época que lo hostiga: la prisa, los estímulos constantes que fragmentan la atención, la cultura de la inmediatez. Somos expertos en saber qué hacer hoy, pero raramente orientamos nuestras acciones cotidianas hacia lo que queremos que sea nuestra vida en cinco, diez o treinta años. El siglo veintiuno, dice, es enemigo del largo plazo. Y eso tiene consecuencias profundas en cómo construimos nuestras vidas, especialmente en lo vincular. Su generación —nació en 1984— fue educada en el mito de la autosuficiencia, del self-made man, de la vida sin raíces. Se suponía que debías irte de casa pronto, vivir en el extranjero, formar una familia desvinculada de tu territorio de origen. Garrocho hizo eso. Pero después de vivir en distintos lugares, descubrió algo que lo sorprendió: uno de los mayores logros de su vida fue poder vivir a quince minutos de la casa de su madre, a veinte de la de su hermana, a veinte de la tumba de su padre. Esa proximidad, esa comunidad, le genera bienestar de un modo que ninguna fórmula de éxito internacional podría replicar.
Esta observación lo llevó a cuestionar el mito contemporáneo de la autosuficiencia. El proyecto de la persona que puede hacerlo todo sola, que no necesita a nadie, se ha demostrado falso. Y ya no hay gente a la que se pueda engañar con eso. Todos los movimientos políticos e ideológicos actuales —desde el identitarismo progresista hasta el nacionalismo conservador, pasando por la reivindicación de la familia estable— tienen en su centro la misma necesidad: reconstruir la comunidad. Somos porque somos en comunidad. Necesitamos construirnos en reciprocidad. Platón decía que no se puede ser feliz en una ciudad de personas infelices. Hay un contagio, una dimensión colectiva que determina cuánta felicidad podemos alcanzar individualmente.
Garrocho también habla de la educación del deseo. No somos como somos, fijos e inmutables. En cada decisión nos vamos construyendo. El deseo se educa, como se educa el oído para que aprecie la ópera. Y las expectativas deben ser razonables. Un joven de clase media en una ciudad española que aspira a tener tres Lamborghini y ser multimillonario probablemente no está siendo realista. Pero hay algo que la gente da por sentado, que le parece muy liviano: tener una familia funcional, llevar una vida normal. Para Garrocho, eso es una ambición altísima. Una vida normal no es la ausencia de problemas. Es una vida donde la realidad es más o menos soportable, donde opera el perdón, donde hay amor ordinario lleno de secretos y frustraciones pero también de refugio. No es la felicidad californiana, extravagante y superlativa. Es algo más modesto y, paradójicamente, mucho más difícil de conseguir.
Lo que más lo preocupa es que hayamos perdido la experiencia comunitaria en el camino del desarrollo económico. Pero ve señales de que se está recuperando. Y subraya algo que la ciencia ha auditado: tener una vocación, sentir que las horas que invertimos en el trabajo tienen sentido, que benefician a otros además de a nosotros mismos, es uno de los elementos más potentes de bienestar que existe. Para él, haber dedicado su vida a la enseñanza de la ética y la filosofía política, a tomar la palabra en espacios públicos para pensar bien sobre los problemas que nos afectan, eso le da una finalidad que lo trasciende.
Su recomendación final es simple pero radical: treinta minutos diarios de silencio consciente. Sin teléfono, sin distracciones. Tiempo para pensar sobre lo que nos duele, nos motiva, nos hace felices. Tiempo para vivir una vida pensada. En esos ratos de silencio, dice, encuentras de todo: monstruos y cosas valiosas. Pero es imprescindible para vivir de manera consciente.
Notable Quotes
El miedo nos genera en muchas ocasiones una infelicidad mayor que la vivencia de las cosas que nos hacen sentir ese miedo— Diego Garrocho
El siglo XXI es un siglo enemigo del largo plazo— Diego Garrocho
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué crees que el miedo infundado es tan poderoso si sabemos racionalmente que probablemente no ocurra?
Porque el miedo no opera en el plano racional. Vive en nuestro cuerpo, en nuestras anticipaciones. Pero lo interesante es que cuando empiezas a llevar un registro de tus temores, cuando ves que diecisiete veces temiste algo que nunca pasó, entonces la razón tiene un punto de apoyo. Ahí es donde el conocimiento empieza a salvarte.
Mencionaste que tu generación fue educada para irse lejos, para ser autosuficiente. ¿Sientes que eso fue un error?
No un error exactamente. Fue una receta que funcionó para algunas cosas. Pero nos robó algo: la posibilidad de imaginar una vida enraizada como valiosa. Yo tuve que vivirlo para descubrirlo. Ahora creo que debería ser un derecho poder elegir vivir cerca de tu familia si eso es lo que quieres.
¿Qué diferencia hay entre una vida normal y una vida mediocre?
La mediocridad es lo que la gente admira sin verlo, porque es frecuente. Una vida normal es el resultado de trabajo constante, de perdón, de pequeñas victorias cotidianas. Es difícil de lograr precisamente porque no es espectacular. Pero es un refugio.
¿Cómo se educa el deseo si ya somos adultos?
De la misma manera que educas el oído. Exponiéndote a nuevas cosas, reflexionando sobre qué realmente te mueve. El deseo no es un destino. Es algo que construyes en cada decisión.
¿Por qué insistes tanto en el silencio consciente?
Porque es el único espacio donde realmente te encuentras contigo mismo. Sin ruido, sin estímulos, sin la ilusión de que estás haciendo algo productivo. Es donde descubres qué te duele, qué te importa, quién eres realmente.
¿Crees que la felicidad es posible en una sociedad que no es feliz?
Platón decía que no. Y creo que tenía razón. Hay una deuda recíproca en el bienestar. No puedes aspirar a ser feliz sin preocuparte por la felicidad de otros. Eso no es moralismo. Es realismo.