Crónicas de la asfixia: historias de resistencia en la penumbra cubana

Ancianos sin descanso nocturno, niños desnutridos por falta de refrigeración, pacientes en cuidados intensivos en riesgo durante apagones, y familias incomunicadas por falta de electricidad.
Esa es la luz que, contra muchos pronósticos, todavía está viva
El autor cierra su crónica afirmando que la resistencia cotidiana de los cubanos persiste a pesar de la asfixia energética.

Una anciana de 91 años sufre nictofobia tras fracturarse la cadera durante un apagón, mientras su nieta la cuida sin descanso en la penumbra. Familias cocinan con leña y carbón, niños hacen tareas escolares bajo luz lunar, y madres en hospitales aprietan manos de hijos mientras monitores se apagan.

  • Viola, 91 años, se fracturó la cadera en noviembre de 2025 durante un apagón
  • Familias pasan hasta 52 horas sin corriente eléctrica
  • El carbón cuesta 700 pesos o más, el doble de hace unos meses
  • Niños hacen tareas escolares bajo luz de luna
  • Hospitales trabajan con linternas y teléfonos durante apagones

Crónica sobre cómo los apagones prolongados afectan la vida cotidiana de cubanos: ancianos con miedo a la oscuridad, niños estudiando a la luz de la luna, hospitales en tensión y familias incomunicadas.

La oscuridad llega cada noche a las casas de Cuba, y con ella vienen historias que pesan más que cualquier cifra de megavatios. Viola tiene 91 años y una cadera fracturada desde noviembre de 2025, cuando se cayó a tientas en la penumbra. Ahora, cada vez que se apaga la lámpara—gastada por el uso constante—la anciana es invadida por una ansiedad que su nieta Gisela intenta calmar cargándola hasta la cama, abriendo ventanas para que entre un resquicio de luz, vigilándola mientras la noche se instala en su cuerpo como algo físico y sofocante. Viola no teme tanto a la oscuridad como a sentirse atrapada en ella, inmóvil, acosada por el calor y mosquitos cada vez más agresivos. "Desde que esto apretó me desvelo, no puedo dormir", dice desde lo profundo, refiriéndose al deterioro de las condiciones de vida que ha marcado estos meses.

La frase "desde que esto apretó" resuena en la mente del autor mientras piensa en su tía de 82 años, quien vive sola con una enfermedad reumática y ha tenido que poner la comida del día anterior al sol para calentarla porque no encuentra otra forma. Hace unos meses pasaban 17 o 18 horas sin corriente. Ahora rondan las 52. El carbón que cuesta 700 pesos o más—el doble de hace unos meses—se convierte en un lujo cada vez más lejano. Cada palabra pesa como una losa. La asfixia contra Cuba no es un concepto abstracto sino fragmentos de historias reales de diferentes lugares del país, historias que necesitan contarse sin romanticismo, con la crudeza de quien las vive.

En las escuelas, niños como María Victoria hacen sus trabajos finales bajo la luz de la luna, apretando los ojos para leer letras borrosas. El hijo del autor, Víctor, tiene cuatro años y no puede entender qué significa un apagón o un bloqueo, solo sabe que la leche amanece cortada y llega al círculo infantil con poco en el estómago. El autor piensa especialmente en su madre, quien vive en Cautillo Merendero y ha tenido que cocinar con leña, carbón, cartones, con lo impensable. Pero lo que más lo mortifica es que cuando no hay electricidad no puede saber de ella. Los teléfonos fijos se caen, los móviles pierden cobertura, la conexión desaparece. No puede estar tranquilo sabiendo que ella, con casi 80 años, enciende fuego mientras la noche se cierra a su alrededor. Esa incertidumbre de no tener noticias es una angustia que no puede medirse ni describirse. Piensa en todos los que, como él, tienen a un ser querido en un lugar incomunicado, sin electricidad y sin respuestas. Piensa en las madres que no pueden llamar a sus hijos, en esa red de silencios que se extiende cada vez que la luz se esfuma.

En los hospitales, la tensión es otra dimensión del apagón. Mónica, la hija mayor del autor, cursa cuarto año de Medicina y ha visto los corre-corre cuando la corriente se va. Hay un grupo electrógeno que se activa rápido, pero la tensión se apodera de todos en las salas de niños en incubadoras o en cuidados intensivos. Los médicos improvisan con linternas y teléfonos. Las madres aprietan las manos de sus hijos cuando un monitor se apaga. "Uno se siente tan pequeño, papá", le dice Mónica, "tan pequeño y tan impotente". El apagón es el momento en que una madre se pregunta si su hijo sobrevivirá, si la corriente volverá a tiempo, si las manos de los médicos serán suficientemente rápidas para mantenerlo con vida mientras el mundo parece desmoronarse.

El Presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez ha dicho que el apagón no es solamente un problema de megavatios o déficit de generación. Es el niño que no pudo estudiar para la prueba, la comida que se echó a perder en un refrigerador, el anciano que pasa la noche en vela sin descanso y con calor. Es el hospital que trabaja al límite, el consultorio que no puede conservar un medicamento, el trabajador que pierde su jornada laboral y el establecimiento que tiene que cerrar. Por eso la energía no es un tema técnico: es un tema humano, económico y nacional.

El autor cuenta estas historias personales porque reflejan tantas otras, porque cada uno de estos nombres podría ser el de cualquier cubano, porque la asfixia no distingue entre familias ni barrios. Escribe para que no se olvide que el apagón no es un número en una hoja de cálculo sino una herida abierta en el costado de un pueblo que se niega a dejar de latir. Cuando la noche se hace larga y la corriente no llega, cada uno enciende lo que puede: una vela, una linterna, un teléfono con poca batería, la luna que alumbra los deberes de los niños, la rabia que a veces se convierte en fuerza. Y mientras la oscuridad se extiende, la inmensa mayoría sigue ahí, resistiendo como puede, incómoda y firme al mismo tiempo. Millones siguen ahí, sin filosofías baratas, solo con lo que tienen. Esa es la luz que, contra muchos pronósticos, todavía está viva.

Desde que esto apretó me desvelo, no puedo dormir
— Viola, anciana de 91 años
El apagón no es solamente un problema de megavatios o déficit de generación. Es el niño que no pudo estudiar para la prueba; la comida que se echó a perder en un refrigerador; el anciano que pasa la noche en vela
— Presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
Inventor

¿Por qué decidiste contar estas historias ahora, en este momento?

Model

Porque duelen mientras las repaso. Porque veo a mi abuela fracturada en la oscuridad, a mi madre cocinando con carbón a los 80 años, y sé que no estoy solo. Necesitaba que alguien dijera en voz alta que esto no es un número, es gente.

Inventor

La frase "desde que esto apretó" aparece varias veces. ¿Qué significa exactamente para ti?

Model

Es el momento en que todo se vuelve más difícil. No es solo la falta de luz. Es que los precios suben, la comida se echa a perder, los niños estudian bajo la luna, y nadie puede llamar a nadie. Es el punto en que la vida se vuelve más pequeña.

Inventor

¿Crees que hay algo que mantiene a la gente en pie a pesar de todo esto?

Model

Sí. Gisela cuidando a su abuela cada noche. Mi madre encontrando formas de cocinar. Los médicos improvisando en la oscuridad. No es heroísmo barato. Es solo gente haciendo lo que puede con lo que tiene.

Inventor

¿Qué te asusta más: la oscuridad física o la incomunicación?

Model

La incomunicación. Puedo vivir sin luz. Pero no saber si mi madre está bien, no poder hablar con ella durante horas o días—eso es una angustia que no se puede medir. Es el silencio que se extiende cada vez que se va la corriente.

Inventor

¿Ves algún final a esto?

Model

No sé. Lo que veo es a millones de personas resistiendo, incómodas pero firmes. Encienden lo que pueden: una vela, una linterna, la luna. Y siguen ahí. Esa es la única luz que veo ahora.

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