Las y los fotógrafos sudafricanos que lucharon contra el apartheid no se limita…
Hace medio siglo, en las calles de Soweto, una cámara fotográfica se convirtió en algo más que un instrumento de registro: fue un arma de memoria y resistencia. Fotógrafos sudafricanos como Sam Nzima, Peter Magubane y Santu Mofokeng documentaron con riesgo propio las atrocidades del apartheid, construyendo un archivo visual que el poder no pudo silenciar del todo. La imagen del niño Hector Pieterson, asesinado a los 12 años el 16 de junio de 1976, viajó por el mundo y recordó a la humanidad que toda lucha necesita testigos para sobrevivir.
- El 16 de junio de 1976, las balas del régimen del apartheid mataron a al menos 23 personas en Soweto, la mayoría jóvenes estudiantes que protestaban contra la imposición del afrikáans en sus escuelas.
- La fotografía de Sam Nzima capturando el cuerpo de Hector Pieterson en brazos de un compañero se convirtió en símbolo internacional de la brutalidad estatal, reproducida en millones de camisetas y afiches alrededor del mundo.
- Los fotógrafos que documentaron estas atrocidades pagaron un precio personal: fueron arrestados, golpeados y perseguidos por un régimen que entendía que la imagen era tan peligrosa como cualquier arma.
- A cincuenta años del levantamiento, el legado de estos fotógrafos resuena en conflictos contemporáneos: periodistas palestinos continúan arriesgando sus vidas para registrar lo que el poder preferiría mantener invisible.
- La lección que atraviesa el tiempo es contundente: una lucha que no se documenta corre el riesgo de ser borrada, y la cámara, en manos comprometidas, puede ser el instrumento más duradero de la resistencia.
En la esquina de las calles Moema y Vilakazi, en Orlando West, Soweto, ocurrió algo que cambiaría la historia visual del siglo XX. El 16 de junio de 1976, Hector Pieterson, de apenas 12 años, fue baleado por las fuerzas del apartheid durante una protesta estudiantil. El fotógrafo Sam Nzima capturó el instante: el cuerpo del niño en brazos de un compañero, el grito mudo de su hermana corriendo a su lado. Esa imagen recorrió el mundo y se convirtió en el rostro de una brutalidad que el régimen sudafricano prefería mantener oculta.
Pero Nzima no estaba solo. Una generación de fotógrafos sudafricanos —Peter Magubane, Ernest Cole, Lesley Lawson, Santu Mofokeng— transformaron sus cámaras en instrumentos de resistencia política. Documentaron las condiciones laborales inhumanas, la represión cotidiana y la vitalidad cultural de la población negra sudafricana, construyendo un archivo que el apartheid intentó suprimir pero no pudo destruir. Muchos fueron arrestados, golpeados y perseguidos; algunos perdieron sus negativos confiscados por la policía.
Cincuenta años después del levantamiento de Soweto —en el que más de 700 personas fueron asesinadas en todo el país a lo largo de ese año— su legado adquiere una dimensión nueva. En Palestina, periodistas y fotógrafos continúan documentando conflictos actuales con el mismo riesgo y la misma convicción: que una lucha sin registro es una lucha más fácil de borrar. La cámara, en manos de quienes se atreven a sostenerla, sigue siendo una de las formas más persistentes de memoria y de justicia.
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Ubícate en la esquina de las calles Moema y Vilakazi, en Orlando West, Soweto, Sudáfrica. Aquí fue baleado Hector Pieterson de 12 años, a las nueve y media de la mañana del 16 de junio de 1976, hace ya medio siglo este mes. Ahora mira haci…
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Cincuenta años después de Soweto: una lucha que no se registra no es una lucha.
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