Científicos enviarán semillas de uva al espacio para crear el primer vino extraterrestre

Potencialmente estaremos embotellando vino de otro mundo
Scheiner describe el objetivo final del proyecto de enviar semillas de uva a la órbita terrestre.

En el umbral entre la Tierra y el cosmos, investigadores de Texas A&M confían cientos de semillas de uva a la radiación del espacio, buscando en sus mutaciones no solo nuevas variedades de vid, sino una comprensión más profunda de cómo la vida se adapta más allá de su cuna planetaria. El proyecto TAMU-SPIRIT convierte la Estación Espacial Internacional en un viñedo orbital, donde la ciencia agrícola y la exploración espacial se encuentran por primera vez en una botella de vino. Es un recordatorio de que la humanidad lleva consigo, incluso al vacío, sus raíces más antiguas.

  • Cientos de semillas de uva texanas viajarán seis meses a la Estación Espacial Internacional expuestas a radiación cósmica sin filtro, sometiendo su ADN a fuerzas desconocidas para cualquier viñedo terrestre.
  • El mayor riesgo es la inviabilidad: sin un transportador especial diseñado por dos estudiantes de ingeniería aeroespacial, la radiación destruiría las semillas antes de que pudieran cumplir su misión.
  • El equipo comparará las semillas espaciales con lotes de control idénticos en la Tierra, rastreando mutaciones, crecimiento y rendimiento para descifrar exactamente qué le hace el cosmos a la genética vegetal.
  • En cuatro o cinco años, si las plantas prosperan, los investigadores esperan embotellar el primer vino elaborado con uvas nacidas de semillas que abandonaron el planeta, abriendo una nueva frontera para la viticultura y la horticultura espacial.

En los próximos meses, cientos de semillas de uva de Texas A&M emprenderán un viaje de seis meses a la Estación Espacial Internacional, donde la radiación cósmica actuará sobre su material genético de formas imposibles en la Tierra. Al regresar, serán plantadas junto a semillas idénticas que nunca salieron del planeta, y los científicos compararán crecimiento, rendimiento y mutaciones para entender qué cicatrices deja el espacio en el código biológico de una planta.

El proyecto nació de una colaboración inesperada: dos estudiantes de ingeniería aeroespacial, Coby Arnold y Arvind Subramanyam, contactaron al viticultor Justin Scheiner para desarrollar su trabajo final de carrera. Juntos diseñaron un transportador especial para proteger las semillas durante el trayecto, sin el cual la radiación las haría inviables. La iniciativa se enmarca en TAMU-SPIRIT, una plataforma orbital concebida como un campus satélite en el espacio para investigación científica y tecnológica.

Las tres variedades seleccionadas ya destacan por su resistencia a enfermedades y adaptación a las condiciones texanas. Una de ellas es la lomanto, un cultivar desarrollado a comienzos del siglo XX por el horticultor T. V. Munson. Para analizar los efectos moleculares se sumaron Andrej Svyantek, especialista en mejora de cultivos hortícolas, y Amit Dhingra, jefe del Departamento de Ciencias Hortícolas.

La hipótesis es que la exposición prolongada a la radiación espacial podría inducir mutaciones valiosas, tal como ocurrió con el pinot gris, que surgió de una mutación espontánea en uvas pinot noir. Scheiner sueña con que alguna de esas mutaciones dé origen a una nueva variedad. Dhingra, por su parte, ve en el proyecto un puente entre la horticultura de hoy y las necesidades de las futuras misiones espaciales, donde las plantas serán indispensables para producir alimentos, oxígeno y bienestar para los astronautas. En unos años, potencialmente, todo eso cabrá en una botella de vino.

En los próximos meses, cientos de semillas de uva procedentes de Texas A&M emprenderán un viaje de seis meses a la Estación Espacial Internacional. Allí, flotando en órbita, estarán expuestas a la radiación cósmica sin filtro, sus material genético sometido a fuerzas que nunca experimentaría en la Tierra. Cuando regresen, los científicos las plantarán lado a lado con semillas idénticas que nunca abandonaron el planeta, buscando las cicatrices que el espacio haya dejado en su código biológico.

El proyecto es ambicioso en su sencillez: comparar crecimiento, rendimiento, producción de fruto y cambios genéticos entre las vides espaciales y sus hermanas terrestres. Justin Scheiner, especialista en viticultura del Servicio de Extensión AgriLife de Texas A&M, espera que las plantas den fruto en cuatro o cinco años. Si todo sale como se planea, dentro de ese plazo habrá botellas de vino elaborado con uvas que nacieron de semillas que salieron de la Tierra, un primer vino verdaderamente extraterrestre.

La iniciativa forma parte de TAMU-SPIRIT, una plataforma orbital concebida como un campus satélite en el espacio para investigación científica y tecnológica. El proyecto nació de una colaboración inesperada: dos estudiantes de ingeniería aeroespacial, Coby Arnold y Arvind Subramanyam, contactaron a Scheiner para desarrollar su trabajo final de carrera. Juntos diseñaron un transportador especial para proteger las semillas durante el viaje. Sin esa protección, explicó Scheiner, la radiación probablemente las haría inviables.

La hipótesis central es que la exposición prolongada a la radiación espacial podría inducir mutaciones genéticas específicas. Una vez de vuelta en la Tierra, el equipo buscará identificar exactamente cuáles son esas mutaciones y cómo afectan la expresión genética de las plantas. Scheiner señaló que la investigación ayudará a comprender cómo diferentes niveles de radiación influyen en las semillas, pero también reconoció el atractivo más inmediato: en unos años, potencialmente estarán embotellando vino a partir de semillas que abandonaron la Tierra.

Las tres variedades seleccionadas ya poseen rasgos valiosos para los viñedos de Texas: resistencia a enfermedades y adaptación a las condiciones locales de suelo y agua. Una de ellas es la lomanto, un cultivar texano desarrollado a comienzos del siglo XX por el horticultor T. V. Munson. Scheiner ve en esta misión un punto de encuentro entre la historia de esa vid autóctona y una nueva línea de investigación hortícola. Para analizar los efectos a nivel molecular, se sumaron al equipo Andrej Svyantek, especializado en mejora de cultivos hortícolas, y Amit Dhingra, jefe del Departamento de Ciencias Hortícolas.

Las mutaciones han moldeado la viticultura durante siglos. El pinot gris, por ejemplo, surgió de una mutación aleatoria única en uvas pinot noir. Scheiner expresó que sería fascinante si estas semillas mostraran alguna mutación positiva aleatoria que representara el origen de una nueva variedad. Dhingra observó que gran parte de la investigación que ya desarrolla su departamento —desde sistemas de cultivo en ambientes controlados hasta el uso de biocarbón y estudios de genética vegetal— tiene aplicación tanto en la horticultura terrestre como en la espacial.

Para Dhingra, la participación en TAMU-SPIRIT-1 representa un paso hacia convertir el espacio en una nueva frontera de la horticultura. Las plantas no serán solo un experimento romántico en órbita; serán una necesidad para futuras misiones espaciales, tanto para producir alimentos como oxígeno o contribuir al bienestar de los astronautas. Este proyecto, según Dhingra, conecta el pasado y el futuro de las ciencias hortícolas, mostrando cómo la investigación puede impactar a los agricultores de hoy mientras ayuda a la humanidad a echar raíces en las estrellas.

La investigación nos ayudará a comprender cómo los diferentes niveles de radiación afectan a las semillas y su expresión genética, pero también está la novedad de que potencialmente estaremos embotellando vino a partir de semillas que abandonaron la Tierra.
— Justin Scheiner, especialista en viticultura de Texas A&M
Este proyecto conecta el pasado y el futuro de las ciencias hortícolas, y muestra cómo nuestra investigación puede tener un impacto en los agricultores de aquí y ahora, pero también ayudar a la humanidad a alcanzar las estrellas y echar raíces allí.
— Amit Dhingra, jefe del Departamento de Ciencias Hortícolas
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
Inventor

¿Por qué enviar semillas de uva específicamente? ¿No sería más práctico estudiar organismos más simples?

Model

Las uvas ya tienen valor agrícola probado en Texas. No es un experimento abstracto; es tomar algo que funciona aquí y ver qué pasa cuando lo expones a condiciones extremas. Si surgen mutaciones útiles, tienes una nueva variedad lista para cultivar.

Inventor

¿Cuál es el riesgo real de que las semillas simplemente no sobrevivan al viaje?

Model

Por eso diseñaron ese transportador especial. Sin protección, la radiación cósmica las haría inviables. Pero con el blindaje adecuado, la idea es que sobrevivan y regresen alteradas, no destruidas.

Inventor

Cuatro o cinco años es mucho tiempo. ¿Qué pasa si las mutaciones no producen nada interesante?

Model

Entonces habrán aprendido cómo la radiación afecta la expresión genética de las uvas. Eso tiene valor científico independientemente. Pero Scheiner cree que hay una buena probabilidad de que algo positivo emerja, especialmente porque ya están trabajando con variedades robustas.

Inventor

¿Esto tiene aplicación práctica más allá del vino?

Model

Absolutamente. Si pueden crear variedades más resistentes mediante exposición controlada a radiación, eso beneficia a los agricultores terrestres. Y para futuras misiones espaciales, aprender a cultivar plantas en órbita es fundamental. No puedes enviar astronautas sin saber cómo producir alimento y oxígeno.

Inventor

¿Qué hace que la variedad lomanto sea especial?

Model

Es historia. Fue desarrollada hace más de un siglo por un viticultor texano. Ahora esa misma variedad viaja al espacio. Hay algo poético en eso, pero también científico: es una conexión entre el pasado de la viticultura y su futuro.

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