Sin canales abiertos, un malentendido puede escalar hacia algo mucho más peligroso
En la Bahía de San Francisco, dos líderes que alguna vez compartieron una relación personal cálida se reúnen ahora bajo el peso de décadas de deterioro diplomático. Biden y Xi se encontrarán el miércoles no para reescribir la historia, sino para intentar que no se escriba una más oscura: la de una rivalidad sin frenos que derive en crisis. En un mundo ya sacudido por guerras en Europa y Medio Oriente, esta cumbre representa el esfuerzo más visible de la diplomacia contemporánea por mantener abiertos los canales que separan la competencia de la catástrofe.
- La relación entre las dos mayores potencias del mundo ha caído en picada desde el incidente del globo espía chino, que llevó a Pekín a cortar abruptamente la comunicación militar con Washington.
- Sin canales militares abiertos, cualquier malentendido en aguas disputadas podría escalar hacia un conflicto que ninguna de las dos partes dice querer.
- Biden llega a San Francisco con expectativas deliberadamente modestas: no un deshielo, sino un marco para que la competencia sea intensa pero no incontrolable.
- Taiwán, las restricciones tecnológicas y los conflictos en Ucrania e Israel pesan sobre la agenda, convirtiendo cada concesión en un ejercicio de equilibrio político interno.
- Señales recientes —visitas de altos funcionarios chinos a Washington y declaraciones de apertura desde Singapur— sugieren que ambas partes están dispuestas a intentarlo, aunque los analistas advierten contra el optimismo.
- El mundo observa si dos hombres que alguna vez se llevaron bien pueden frenar juntos una espiral que ninguno de los dos parece capaz de detener solo.
El próximo miércoles, Joe Biden y Xi Jinping se sentarán frente a frente en la Bahía de San Francisco en solo su segundo encuentro cara a cara en tres años. La reunión llega en un momento de tensión sin precedentes, cuando Washington busca evitar que la relación con Pekín se desmorone mientras ya enfrenta guerras en Ucrania y Medio Oriente.
La Casa Blanca ha fijado expectativas modestas a propósito. El objetivo no es un gran deshielo, sino detener la caída libre: desarrollar un marco para gestionar una competencia intensa pero controlada, y restaurar canales de comunicación que llevan meses rotos. Si logran eso, lo considerarán un éxito.
La agenda es formidable. Taiwán encabeza la lista, con elecciones presidenciales en enero que amplificarán las tensiones. Le siguen las restricciones estadounidenses a exportaciones de tecnología avanzada, que Pekín interpreta como un intento de frenar su desarrollo. También figuran Ucrania, Medio Oriente, derechos humanos y la militarización del Mar de China Meridional.
El trasfondo más delicado es el historial reciente. Tras el encuentro en Bali hace un año, el incidente del globo espía chino interrumpió el proceso: Pekín cortó la comunicación militar con Washington, dejando abierta la posibilidad de que un error de cálculo en aguas disputadas escale sin control. Restaurar esos canales es ahora la prioridad número uno de Biden.
Las semanas previas han traído señales alentadoras: el canciller Wang Yi visitó Washington, el viceprimer ministro He Lifeng se reunirá con Janet Yellen, y el vicepresidente Han Zheng declaró en Singapur que China está lista para fortalecer el diálogo en todos los niveles. Aun así, los analistas advierten que la cumbre trata de evitar que las cosas empeoren, no de hacerlas mejores.
La ironía es que Biden y Xi cultivaron una relación personal aparentemente cálida cuando ambos eran vicepresidentes. Ahora, a pesar de esa historia, han presidido el deterioro más profundo de las relaciones bilaterales en décadas. Esta semana será una prueba de si ese vínculo pasado alcanza para frenar una espiral que el mundo entero está observando.
El próximo miércoles, en la Bahía de San Francisco, el presidente estadounidense Joe Biden se sentará frente a su homólogo chino, Xi Jinping, en lo que representa apenas el segundo encuentro cara a cara entre ambos líderes en tres años. La reunión llega en un momento de tensión sin precedentes entre las dos mayores potencias del mundo, cuando la administración estadounidense busca desesperadamente evitar que otra crisis internacional estalle durante el mandato de Biden. Ya hay suficientes conflictos en el horizonte: la guerra en Ucrania sigue devastando Europa, el enfrentamiento entre Israel y Hamás consume Medio Oriente. Lo último que necesita Washington es que la relación con Pekín se desmorone completamente.
No se espera que esta cumbre produzca un cambio dramático en las relaciones bilaterales. Los asesores de la Casa Blanca han establecido expectativas deliberadamente modestas. El objetivo real es más humilde pero quizás más urgente: detener la caída libre. Los funcionarios estadounidenses hablan de desarrollar un "marco" para gestionar una competencia que sea intensa pero controlada, para aclarar malentendidos antes de que se conviertan en crisis, para restaurar canales de comunicación que han estado rotos o debilitados durante meses. Si logran eso, considerarán la cumbre un éxito.
La lista de temas sobre la mesa es formidable. Taiwán encabeza la lista, esa isla autónoma que Pekín reclama como suya y ha prometido tomar por la fuerza si es necesario. Las elecciones presidenciales de Taiwán en enero amplificarán las sensibilidades alrededor de su futuro político. Luego están las restricciones que Biden ha impuesto a las exportaciones de tecnología avanzada hacia China, medidas que Pekín ve como un intento de frenar su desarrollo económico y militar. También figuran los conflictos globales: Estados Unidos quiere que China juegue un papel más constructivo en Ucrania y en Medio Oriente. Y debajo de todo esto, un desacuerdo profundo sobre derechos humanos y la militarización del Mar de China Meridional.
Lo que hace esta reunión particularmente delicada es el historial reciente de desconfianza. Hace un año, Biden y Xi se encontraron en Bali durante la cumbre del G20 y parecieron estar en el camino hacia conversaciones más regulares. Pero entonces llegó el incidente del globo espía chino, que fue detectado sobre territorio estadounidense. Después de eso, Pekín cortó abruptamente la comunicación militar con Washington, un movimiento que alarmó profundamente a los funcionarios estadounidenses. Sin esos canales abiertos, existe el riesgo real de que un malentendido o un error de cálculo en aguas disputadas pueda escalar hacia algo mucho más peligroso. Restaurar esa comunicación es ahora la prioridad número uno de Biden para esta cumbre.
Las últimas semanas han traído señales de que ambas partes están dispuestas a intentarlo de nuevo. El ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi, visitó Washington hace poco y se reunió con el asesor de seguridad nacional de Biden, Jake Sullivan, con el secretario de Estado Antony Blinken, e incluso con el presidente en la Casa Blanca. Esta semana, el viceprimer ministro chino He Lifeng, conocido como el "zar económico" del país, se reunirá con la secretaria del Tesoro Janet Yellen en una reunión de dos días. Y en un foro en Singapur, el vicepresidente chino Han Zheng declaró que Pekín está listo para "fortalecer la comunicación y el diálogo con Estados Unidos en todos los niveles" y para "gestionar adecuadamente las diferencias".
Pero los analistas advierten contra el optimismo excesivo. Bonny Lin, directora del Proyecto de Energía de China en el Centro de Asuntos Estratégicos e Internacionales, señala que ni Estados Unidos ni China llegan a esta cumbre esperando un cambio fundamental. "La reunión tratará sobre gestionar y estabilizar la relación bilateral, mejorar la comunicación y reducir los malentendidos antes de que ocurran", explica. Es decir, se trata de evitar que las cosas empeoren, no de hacerlas mejores.
Lo irónico es que Biden y Xi cultivaron una relación personal aparentemente cálida durante sus años como vicepresidentes. Pero eso fue en otro mundo político, cuando las tensiones entre Washington y Pekín eran menos agudas. Ahora, a pesar de esa historia personal, han supervisado el deterioro más profundo de las relaciones bilaterales en décadas. La cumbre de esta semana será una prueba de si dos hombres que alguna vez se llevaron bien pueden encontrar una manera de frenar la espiral descendente. El mundo está observando.
Citas Notables
La reunión tratará sobre gestionar y estabilizar la relación bilateral, mejorar la comunicación y reducir los malentendidos antes de que ocurran— Bonny Lin, directora del Proyecto de Energía de China
Estamos listos para fortalecer la comunicación y el diálogo con Estados Unidos en todos los niveles, promover una cooperación mutuamente beneficiosa, gestionar adecuadamente las diferencias— Vicepresidente chino Han Zheng
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué es tan importante que estos dos líderes se reúnan si nadie espera que resuelvan nada?
Porque sin comunicación, los accidentes se convierten en guerras. Cuando los militares no pueden hablar entre sí, un error de navegación en el Mar de China Meridional puede convertirse en un incidente internacional en minutos.
Pero dijiste que la relación personal entre ellos fue cálida. ¿Cómo se deterioró tanto?
La política cambió. Cuando eran vicepresidentes, el contexto global era diferente. Ahora hay competencia tecnológica, hay Taiwán en el horizonte, hay desconfianza mutua. La amistad personal no puede competir con eso.
¿Qué pasó exactamente con el globo espía que mencionaste?
Un globo chino fue detectado sobre territorio estadounidense. Fue el punto de quiebre. Pekín cortó los canales militares después de eso, como si dijera: "Si no confían en nosotros, nosotros tampoco confiamos en ustedes". Desde entonces, todo ha sido más frío.
¿Entonces esta cumbre es solo para no empeorar las cosas?
Exactamente. Es triage, no cirugía. Si logran restaurar la comunicación militar y aclarar algunos malentendidos, eso es una victoria. Nadie espera que resuelvan Taiwán o la tecnología esta semana.
¿Qué señales positivas has visto recientemente?
Los viajes de alto nivel. El ministro de Asuntos Exteriores chino visitó Washington. Ahora el "zar económico" chino se reúne con el Tesoro estadounidense. Son movimientos pequeños, pero en la diplomacia, los movimientos pequeños importan. Significan que ambas partes quieren hablar.
¿Cuál es el riesgo si esta cumbre falla?
Que volvamos a donde estábamos hace meses: sin canales de comunicación, sin forma de resolver malentendidos, con dos potencias nucleares mirándose con desconfianza. En ese escenario, cualquier cosa puede suceder.