Alan Ball abandona la televisión: "La creatividad ha muerto" en las series de autor

Ball presenció la muerte de su hermana en un accidente automovilístico cuando tenía 13 años, evento que dividió su realidad y marcó profundamente su obra creativa.
Por una vez, nadie va a controlarme. Todo es posible.
Ball explica por qué abandonó la televisión para escribir una novela sin interferencia editorial.

Alan Ball, el guionista que transformó la televisión de autor con 'A dos metros bajo tierra' y 'True Blood', ha abandonado la pantalla chica tras cinco años de puertas cerradas y proyectos rechazados. Desde Barcelona, donde la lluvia acompaña su reflexión, este hombre marcado desde los 13 años por la muerte de su hermana ante sus ojos reconoce que la industria ya no tolera la singularidad: solo quiere espejos de sus propios éxitos. En ese silencio impuesto, Ball ha encontrado la forma más antigua y libre de contar historias: la novela, donde nadie interviene y todo sigue siendo posible.

  • Cinco años sin poder vender un solo proyecto han llevado a uno de los creadores más influyentes de la televisión contemporánea a declarar que 'la creatividad ha muerto' en la industria.
  • El miedo se ha instalado en las salas de guionistas y en los despachos de los directivos, convirtiendo la originalidad en un riesgo que nadie quiere asumir y la imitación en la única moneda válida.
  • Ball vio cancelada su última serie, 'Here and Now', tras una sola temporada, y observa cómo incluso creadores consagrados como Amy Sherman-Palladino sufren el mismo destino implacable.
  • Frente al control absoluto de las plataformas, Ball ha optado por la novela como territorio de resistencia: un espacio donde sus personajes favoritos sobreviven y nadie dicta las reglas de su proceso creativo.
  • Su transición personal refleja un malestar colectivo más amplio entre los creadores desencantados con el streaming, que exige contenido predecible a costa de ahogar la voz autoral.

Alan Ball llegó a HBO a principios de los años 2000 con un Oscar bajo el brazo por 'American Beauty' y una propuesta que brotó de inmediato: una familia que regentaba una funeraria. Así nació 'A dos metros bajo tierra', emblema de una era en que los creadores podían serlo de verdad. Hoy, a los 68 años y sentado en Barcelona durante el Festival Serializados, ese mismo hombre lleva cinco años sin lograr colocar un solo proyecto. 'La creatividad ha muerto', dice. 'Solo quieren algo que se parezca a algo que haya tenido éxito'.

Ball observa que incluso los más afortunados —Vince Gilligan, Amy Sherman-Palladino, Noah Hawley— sobreviven de milagro. Él mismo vio cancelada 'Here and Now', su última serie, tras una temporada. La experiencia lo deprimió profundamente. Hace cinco años tomó una decisión: abandonar la televisión y escribir una novela. La diferencia, dice, es radical. 'No tengo a nadie opinando sobre lo que hago. Por una vez, estoy solo. Todo es posible. Y es perfecto'.

Detrás de esa búsqueda de libertad hay una herida antigua. A los 13 años, Ball viajaba en el auto que conducía su hermana cuando ocurrió el accidente. Ella murió en el acto, delante de él. 'El mundo se dividió en dos para mí', confiesa. Esa fractura atraviesa toda su obra: la obsesión con la muerte en 'A dos metros bajo tierra', la alegoría política de una América partida en 'True Blood', la insatisfacción cultivada por el capitalismo en 'American Beauty'. Sus personajes, explica, son siempre pedazos de sí mismo.

Ahora esos personajes —los que nunca llegaron a la pantalla— tienen una segunda oportunidad en la novela que escribe en soledad. En un mundo donde la industria ha elegido la seguridad de lo conocido, Ball ha elegido el camino más solitario y, paradójicamente, el más libre.

Alan Ball llegó a las oficinas de HBO a principios de los años 2000 con un Oscar en la mano y una reputación que lo precedía. El guionista había escrito American Beauty, la película que capturó como pocas la angustia estadounidense de su época, y Hollywood le había otorgado la estatuilla que lo confirmaba como uno de los grandes. Cuando Carolyn Strauss, ejecutiva de la cadena, le propuso crear una serie sobre una familia que regentaba una funeraria, Ball sintió que las ideas brotaban de inmediato. Conocía ese mundo desde la infancia. Así nació A dos metros bajo tierra, la serie que definiría una era dorada de la televisión de autor, aquella en la que los creadores podían ser exactamente eso: creadores.

Hoy, a los 68 años, Ball está sentado en un sillón de cuero en Barcelona, donde participa en una masterclass del Festival Serializados. Llueve. El hombre que debería estar siendo cortejado por las grandes plataformas con cheques en blanco lleva cinco años intentando vender un proyecto sin éxito. "Es deprimente", dice. "Lo único que quieren ahora es algo que se parezca a algo que haya tenido éxito. La competencia es feroz. Todo es tremendamente opresivo. Parece que el miedo que lo inunda todo está también en las salas de guionistas y sobre todo en la de los directivos. La creatividad ha muerto".

Ball observa que creadores como Vince Gilligan, Amy Sherman-Palladino y Noah Hawley aún logran hacer su propio trabajo, pero lo considera "un milagro". Vio cómo Étoile, la última serie de Sherman-Palladino, fue cancelada tras una sola temporada. Él mismo experimentó lo similar con Here and Now, su último proyecto televisivo, una serie que exploraba la vida de una familia adinerada e interracial cuyos miembros intentaban navegar un mundo donde la armonía diversa seguía siendo una utopía. "Había mucho que explorar y fue una pena. Me deprimió muchísimo", recuerda.

Hace cinco años decidió abandonar la televisión. Ahora está escribiendo una novela, y la experiencia es radicalmente distinta. "¿Sabes por qué me gusta? No tengo a nadie opinando sobre lo que hago. Nadie está interviniendo en mi proceso creativo. Por una vez, estoy solo. Por una vez, nadie va a controlarme. Todo es posible. Y es perfecto", dice. El proyecto surge de una de las series que había pensado escribir pero que nunca llegó a realizarse. Los personajes le gustaban demasiado como para dejarlos desaparecer. "Es interesante lo que pasa con los personajes. Son pedazos de ti", asegura.

Ball enumera cómo sus personajes más icónicos eran fragmentos de su propia psicología. Nate Fisher era la parte de él que se resistía a crecer. David era el hombre gay que llevaba dentro y no sabía cómo procesar. Claire representaba su yo artista buscando su camino. Ruth contenía toda su soledad. Pero debajo de toda esta arquitectura emocional hay algo más profundo, algo que Ball ha cargado durante más de medio siglo. Cuando tenía 13 años, su hermana conducía el auto en el que viajaban juntos. Chocaron. Ella murió en el acto, delante de él. "El mundo se dividió en dos para mí. Existo en dos realidades desde aquel día", confiesa.

Esa fractura existencial atraviesa toda su obra. A dos metros bajo tierra ayudó a la audiencia a aceptar la muerte, pero lo hizo desde un lugar de intimidad y duelo. True Blood, su siguiente gran trabajo, la serie de vampiros que funcionaba como alegoría política de una América dividida, también hablaba de la muerte, pero "de un modo mucho más lúdico". Los vampiros que querían vivir en paz pero eran temidos por la sociedad representaban cualquier grupo que amenazara el statu quo. "Creo que True Blood hablaba más de la América dividida en dos que ha existido siempre, pero que hoy es más evidente que nunca. La de aquellos que quieren que nada cambie, y la de los que querrían que todo lo hiciera", dice.

Ball no se anda con rodeos al hablar de política. "¿A quién intentamos engañar? América no es nada virtuosa. Viene del genocidio y la esclavitud". Y observa cómo el miedo se ha convertido en la moneda de cambio política. "Donald Trump es un psicópata y está destruyendo el país explotando los miedos de la gente". Incluso American Beauty, su película ganadora del Oscar, trataba sobre esta misma enfermedad: la esquizofrenia de la insatisfacción que el capitalismo cultiva deliberadamente. "El capitalismo siempre te dirá que puedes tener un coche mejor, una casa mejor, hasta una cara mejor, y va a hacerte sentir desgraciado, y culpable, por no tenerla".

Ahora, fuera de la televisión, Ball escribe en soledad. No habla del argumento de su novela, solo dice que sus personajes favoritos merecían una segunda vida. En un mundo donde la industria televisiva ha optado por la seguridad de lo conocido, donde el miedo paraliza las salas de guionistas y directivos, donde la creatividad se ha convertido en un lujo que pocos pueden permitirse, Ball ha elegido el camino más solitario y, paradójicamente, el más libre.

La creatividad ha muerto. Lo único que quieren ahora es algo que se parezca a algo que haya tenido éxito.
— Alan Ball
El mundo se dividió en dos para mí. Existo en dos realidades desde aquel día.
— Alan Ball, sobre el accidente automovilístico de su infancia
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
Inventor

¿Cuándo supo que tenía que irse?

Model

Cuando pasaron cinco años sin poder vender nada. No es que no tuviera ideas. Es que nadie quería ideas. Querían fórmulas.

Inventor

¿Y eso es nuevo?

Model

Siempre ha habido presión comercial, claro. Pero ahora el miedo es diferente. Es paralizante. Los ejecutivos tienen miedo de perder dinero, así que solo aprueban lo que ya funcionó.

Inventor

¿Cree que la muerte de su hermana lo llevó a crear historias sobre la muerte?

Model

No lo creo, lo sé. Eso dividió mi realidad en dos. Todo lo que he escrito desde entonces ha sido un intento de procesar eso. A dos metros bajo tierra fue mi forma de ayudar a otros a hacer lo mismo.

Inventor

¿Por qué la novela es diferente?

Model

Porque nadie me está diciendo que cambie el final. Nadie me pide que haga más comercial el segundo acto. Estoy escribiendo para mí, y eso es lo único que importa.

Inventor

¿Cree que otros creadores se irán también?

Model

Espero que no. Pero entiendo por qué lo harían. La televisión de autor era posible hace veinte años. Ahora es un milagro que exista.

Inventor

¿Qué le diría a alguien que quiere crear hoy?

Model

Que encuentre una forma de hacerlo donde nadie pueda controlarlo. Porque si espera permiso, nunca lo va a tener.

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