La primacía del Estado sobre el individuo es fascismo en sentido clásico
Desde los márgenes de una democracia que nunca llegó a consolidarse, Rusia ha sido moldeada durante décadas por el aparato heredero del KGB: el FSB. Expertos como Yuri Felshtinsky y Vladimir Popov advierten que no se trata de un desvío histórico corregible mediante negociación, sino de un Estado fascista construido deliberadamente desde las estructuras de la seguridad secreta. Su conclusión es tan sencilla como radical: mientras el FSB exista, la amenaza de guerra nuclear permanecerá viva, y el único camino hacia la paz pasa por su disolución definitiva e irrevocable.
- El FSB no es un instrumento del Estado ruso: es el Estado ruso, y lleva desde 1999 sofocando cualquier impulso democrático desde adentro.
- Putin ha convertido la guerra en herramienta de gobierno, expandiendo el territorio ruso en más de 268.000 kilómetros cuadrados mientras millones de ucranianos pierden sus hogares o sus vidas.
- La propaganda controlada por la Seguridad del Estado ha transformado a la sociedad rusa en una masa movilizada para el conflicto, haciendo casi imposible cualquier disidencia interna.
- Felshtinsky y Popov proponen una solución sin precedentes: un documento legal que disuelva el FSB y prohíba su resurrección bajo cualquier nombre, antes de que Putin consolide su poder hasta 2036.
- El tiempo apremia: los autores advierten que si se espera demasiado, puede que no quede nadie con autoridad —ni con vida— para firmar ese documento.
Rusia tuvo una oportunidad democrática entre 1991 y 1999, bajo Yeltsin: fronteras abiertas, prensa libre, repúblicas soberanas. Pero mientras ese experimento intentaba sostenerse, el FSB —heredero directo del KGB— infiltraba agentes en las listas electorales y saboteaba el proceso desde adentro. La democracia rusa no murió por sus propias contradicciones. Fue asfixiada.
Con Putin, la Lubianka tomó el control del país y sus recursos. Incapaz de competir con Occidente en prosperidad, el Kremlin apostó por otro tablero: las guerras y la desinformación. Georgia en 2008, Ucrania en 2014 y 2022, cada conflicto acompañado de una maquinaria propagandística que encendió el nacionalismo ruso y lo convirtió en combustible fascistoide. El FSB también intervino en elecciones occidentales y fortaleció movimientos de ultraderecha en Europa y Estados Unidos, todo con objetivos estratégicos precisos: frenar la expansión de la OTAN, debilitar la Unión Europea y crecer por conquista. El resultado: 268.128 kilómetros cuadrados y 16,3 millones de habitantes anexionados.
El costo humano es visible en Lugansk y Donetsk: ciudades arruinadas, millones de desplazados, una muerte que es consecuencia directa de una política de Estado orientada hacia la guerra. Los hombres del FSB no creen en la democracia; creen en la primacía absoluta del Estado sobre el individuo. Eso, en su sentido más clásico, es fascismo.
Los investigadores Yuri Felshtinsky y Vladimir Popov sostienen que no hay salida mediante negociación ni contención. La única solución es la disolución permanente del FSB, con prohibición legal de reconstruirlo bajo cualquier sigla futura. Putin planea gobernar hasta 2036, pero los autores advierten que esperar tanto podría ser fatal: puede que para entonces ya no haya nadie con autoridad para firmar ese documento, ni siquiera para leerlo.
Rusia tuvo una oportunidad. Entre agosto de 1991 y diciembre de 1999, bajo Boris Yeltsin, el país experimentó algo que nunca antes había conocido: una breve ventana democrática. Mercados abiertos, fronteras sin cerrojos, prensa que podía hablar. La Unión Soviética se disolvió completamente. De sus repúblicas nacieron nuevos Estados soberanos. Yeltsin descentralizó el poder que Moscú había ejercido durante siglos sobre un territorio vasto y desigual. Fue, por nueve años, un experimento genuino.
Pero el experimento fracasó. No por las razones que suelen citarse. Fracasó porque la Seguridad del Estado rusa —el heredero directo del KGB, que se llamaría FSB— nunca permitió que fracasara de otra forma. Mientras Yeltsin intentaba construir un sistema electoral limpio, el aparato de seguridad colaba miles de sus colaboradores y agentes en las listas electorales. Saboteaba desde adentro. En 1999, cuando Yeltsin se dejó arrastrar nuevamente hacia una guerra en Chechenia, el FSB ya había recuperado el control. La democracia rusa no fue derrotada por sus propias contradicciones. Fue sofocada.
Lo que vino después fue peor. Vladimir Putin llegó al poder en nombre de la Seguridad del Estado, y la Lubianka —la sede histórica de la policía secreta soviética en Moscú— se apoderó del país y sus recursos. La economía rusa, como siempre, dependía de los precios del petróleo y los minerales en los mercados mundiales. Putin no podía competir con las democracias occidentales en prosperidad económica. Pero descubrió que podía competir en algo más: en desatar guerras y distorsionar el orden de la comunicación. Georgia en 2008. Ucrania en 2014. Cada conflicto fue acompañado de una guerra propagandística de una magnitud sin precedentes. La televisión, la prensa e internet controlados por la Seguridad del Estado despertaban sentimientos nacionalistas encendidos. Los rusos dejaron de ser personas neutrales. Se convirtieron en una masa guerrerista y fascistoide.
La estrategia se expandió. El FSB intervino en elecciones presidenciales y parlamentarias en Occidente. Fortaleció movimientos neofascistas y de ultraderecha tanto dentro de Rusia como en Europa y Estados Unidos. Los objetivos estratégicos del Kremlin fueron diseñados con precisión: desatar guerras en exrepúblicas soviéticas para evitar que se unieran a la OTAN; debilitar o disolver la Alianza Atlántica; promover la disolución de la Unión Europea mediante partidos de ultraderecha; expandir el territorio ruso por conquista. Transnistria, Abjasia, Osetia del Sur, Crimea, las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk. En total, Rusia ha crecido en 268.128 kilómetros cuadrados y 16,3 millones de habitantes.
El costo ha sido visible en Ucrania. Lugansk y Donetsk están arruinadas y despobladas. Millones de personas han sido desplazadas. La muerte es el resultado predecible de una política de Estado orientada hacia la guerra. Los hombres del FSB no creen en la democracia. No juegan a ella. Creen en la fuerza, en el ordeno y mando. Se consideran a sí mismos el Estado. Ven a sus colaboradores como servidores cuya función es hacer que la voluntad del Estado prevalezca sobre la voluntad de los individuos. Eso es fascismo en el sentido clásico de la palabra: la primacía absoluta del Estado sobre la persona.
Yuri Felshtinsky, experto en servicios secretos rusos, y Vladimir Popov, investigador de la Academia Rusa de las Ciencias, sostienen que existe una única solución. No es la negociación. No es la contención. Es la disolución permanente y completa de la Seguridad del Estado rusa, con una prohibición legal de su reconstrucción bajo cualquier nombre o siglas futuras. La historia enseña que con el fascismo solo se puede hablar desde una posición de fuerza. Las personas que han tomado el poder en Estados fascistas, y los pueblos que han sido adormecidos por la propaganda, no pueden apartarse por su cuenta del camino de la guerra. No cobran conciencia del peligro hasta que es demasiado tarde. Putin planea permanecer en la presidencia hasta 2036. Pero los autores advierten: más nos vale no esperar tanto. Podría resultar que para entonces ya no haya quién pueda firmar ese documento. Puede que ni siquiera haya quién pueda leerlo.
Citas Notables
Los hombres del FSB no creen en la democracia ni juegan a ella. Creen en la fuerza y en el ordeno y mando.— Yuri Felshtinsky y Vladimir Popov
Para salvar a Rusia y a la humanidad de la amenaza de guerra termonuclear, se necesita disolver la Seguridad del Estado rusa y prohibir su reconstrucción bajo cualquier nombre.— Yuri Felshtinsky y Vladimir Popov
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué insisten en que el FSB es el problema central, y no simplemente la ambición de Putin?
Porque Putin es una persona. El FSB es una institución. Las personas mueren o pierden el poder. Las instituciones persisten, se adaptan, se reinventan. El FSB ha estado saboteando la democracia rusa desde antes de que Putin llegara. Seguirá haciéndolo después de que se vaya, a menos que sea disuelto completamente.
Pero ¿cómo se disuelve una institución tan profundamente arraigada? ¿Quién firmaría ese documento?
Esa es la pregunta que los autores plantean sin responder completamente. Alguien tendría que estar en posición de fuerza suficiente para hacerlo. Quizás Rusia misma, si alguna vez se aparta de la pesadilla en la que está metida. O quizás el mundo occidental, si la amenaza nuclear se vuelve lo suficientemente clara.
Hablan de que Rusia se ha convertido en fascista. ¿No es eso una exageración retórica?
No si entiendes fascismo como la primacía absoluta del Estado sobre el individuo, la nulidad de la persona ante la fuerza estatal. Eso es exactamente lo que el FSB cree y practica. No es una exageración. Es una descripción.
¿Y si Rusia simplemente se retira de Ucrania? ¿No sería suficiente?
No. Porque el problema no es la guerra en Ucrania. La guerra en Ucrania es un síntoma. El problema es que una institución de seguridad ha capturado completamente el Estado ruso y lo ha orientado hacia la expansión y la guerra como su propósito fundamental. Mientras esa institución exista, habrá otra guerra. Siempre la habrá.
¿Hay algún signo de esperanza en todo esto?
Los autores dicen que las ideologías basadas en el odio y el dominio están condenadas a la derrota. Que cuando Rusia se dé cuenta de que no es un gran Imperio sino un país como otro cualquiera, el precio que pagará será menor. Pero eso requiere que alguien disuelva el FSB primero.