A los 250 años, EE UU se replantea su rol global entre el intervencionismo y el aislacionismo

La guerra de Irak (2003) costó más de medio millón de vidas y 1,7 billones de dólares, con consecuencias geopolíticas duraderas como el nacimiento del Estado Islámico.
La era en que Estados Unidos cargaba al mundo entero se ha acabado
Declaración de la Estrategia de Seguridad Nacional de la administración Trump sobre el fin del liderazgo global estadounidense.

En el umbral de su 250 aniversario, Estados Unidos contempla la distancia entre lo que prometió ser y lo que ha llegado a hacer: una nación que partió del consejo de Washington de mantenerse alejada de las guerras ajenas y que, sin embargo, acumula más de 500 intervenciones militares en el exterior. Hoy, bajo una administración que ha abandonado el lenguaje de los ideales en favor del cálculo transaccional, el orden internacional que Washington construyó durante tres cuartos de siglo se resquebraja, y los aliados comienzan a trazar caminos propios. La pregunta que flota sobre Filadelfia no es solo quién es Estados Unidos, sino si el mundo seguirá esperando que sea indispensable.

  • La aprobación internacional de EE.UU. se ha desplomado del 71% al 38%, y en solo siete de 36 países encuestados una mayoría aún lo ve con buenos ojos.
  • La administración Trump ha roto con una docena de organismos internacionales, amenazado la integridad territorial de aliados de la OTAN y tratado América Latina como extensión de su política doméstica.
  • La guerra de Irak —medio millón de vidas, 1,7 billones de dólares, el Estado Islámico como herencia— sigue siendo el símbolo más brutal del costo de intervenciones construidas sobre premisas falsas.
  • Los aliados ya no diseñan acuerdos a largo plazo: planifican en ciclos de cuatro años, conscientes de que cada nueva administración puede deshacer lo que la anterior pactó.
  • Europa, Canadá, India, Reino Unido, Japón e Italia avanzan en alianzas alternativas, mientras Rusia presiona en Ucrania y China observa Taiwán sin encontrar freno creíble.

Cuando los delegados firmaron la Declaración de Independencia en Filadelfia, George Washington ya advertía contra el peligro de enredarse en las guerras eternas de Europa. Dos siglos y medio después, esa advertencia suena como una ironía histórica: desde 1776, Estados Unidos ha lanzado más de 500 intervenciones militares en el exterior, un tercio de ellas después de 1999, cuando el mundo supuestamente había ingresado en una era de paz perpetua.

La política exterior estadounidense siempre osciló entre el intervencionismo y el repliegue. Tras la Guerra Fría, las operaciones en Somalia, los Balcanes y América Latina se reempaquetaron con barniz humanitario. Pero la invasión de Irak en 2003 —basada en argumentos que resultaron falsos, con un costo de más de medio millón de vidas y 1,7 billones de dólares— marcó un punto de quiebre. En casa, millones de ciudadanos veían cómo sus líderes ignoraban sus problemas mientras gastaban en guerras lejanas. La crisis financiera de 2008 profundizó ese desencanto, y el terreno quedó abonado para Donald Trump.

Lo que cambió con Trump no fue el intervencionismo en sí, sino su fundamento ideológico. La nueva administración actúa sin el disfraz de la defensa democrática: intervino en Venezuela, lanzó una guerra contra Irán y trata América Latina casi como política interna. Su Estrategia de Seguridad Nacional lo declara sin ambages: la era en que EE.UU. cargaba el mundo sobre sus hombros ha terminado. Todo es transaccional.

Esa reorientación ha erosionado la red de alianzas construida durante 75 años. Washington anunció su salida de una docena de organismos internacionales, amenazó con arrebatar Groenlandia a Dinamarca y critica a la OTAN casi a diario. El multilateralismo cedió paso a pactos bilaterales donde es más fácil imponer condiciones.

El mundo ha comenzado a responder por su cuenta. La Unión Europea y Canadá se acercan; Europa firmó un acuerdo comercial con India; Reino Unido, Japón e Italia colaboran en defensa; Londres y París consideran un paraguas nuclear propio. Mientras tanto, Rusia avanza en Ucrania y China observa Taiwán. Como advirtió Heráclito, no es posible nadar dos veces en el mismo río. El problema de confianza es ya estructural: los aliados planifican en horizontes de cuatro años porque saben que lo que una administración pacta, la siguiente puede deshacer. Estados Unidos sigue siendo poderoso, pero el mundo ya no espera que sea indispensable.

Hace 250 años, cuando los delegados firmaron la Declaración de Independencia en Filadelfia, George Washington advirtió contra lo que temía más: que la nueva nación se enredara en las guerras eternas de Europa. Manténganse alejados, aconsejó el primer presidente. Aislados. Pero la historia no escuchó. Desde 1776, Estados Unidos ha lanzado más de 500 intervenciones militares en el exterior. Una tercera parte de ellas ocurrieron después de 1999, cuando supuestamente el mundo había entrado en una era de paz perpetua.

Esta cifra resume el dilema que enfrenta hoy la potencia estadounidense en su aniversario de dos siglos y medio. Madeleine Albright, la primera mujer secretaria de Estado, la llamó "la potencia indispensable". El ayatolá Jomeini la bautizó como "el gran Satán". Admirada o despreciada, defensora de derechos humanos o responsable de abusos graves, instigadora de golpes de Estado o campeona de la democracia: Estados Unidos, el país que moldeó el orden mundial de posguerra, atraviesa una encrucijada. Enfrenta competencia global creciente, incertidumbre económica y preguntas fundamentales sobre quién es y qué quiere ser en el mundo.

La política exterior estadounidense siempre ha oscilado entre dos polos. Tras la Segunda Guerra Mundial, el intervencionismo se convirtió en la norma. Durante la Guerra Fría, Washington justificaba cada acción como defensa contra la Unión Soviética. Cuando la Unión Soviética colapsó, el intervencionismo se reempaquetó con un barniz humanitario: operaciones en Somalia, en los Balcanes, guerras contra las drogas en América Latina. En 1993, el 71% de los estadounidenses aprobaba la imagen de su país en el exterior, según Gallup. Hoy esa cifra ha caído al 38%.

El mundo también cambió. En 1960, Estados Unidos representaba el 40% de la economía global. Ahora representa el 25%. China, un país empobrecido hace siete décadas, aporta ahora el 17%. El poder se desplaza del Atlántico Norte hacia Asia Pacífico y el sur global. La percepción internacional se ha deteriorado aún más: una encuesta del Pew Research Center en 36 países encontró que el 50% considera que Estados Unidos no es un socio confiable, mientras que el 63% cree que contribuye poco o nada a la paz y la estabilidad global. Solo en siete de esas 36 naciones una mayoría tiene una visión favorable de la primera economía mundial.

Un punto de quiebre llegó en 2003. Estados Unidos, ya ocupando Afganistán tras los ataques del 11 de septiembre, invadió Irak con argumentos que resultaron falsos: la supuesta existencia de armas de destrucción masiva bajo el régimen de Sadam Husein. La guerra costó más de medio millón de vidas, 1,7 billones de dólares y consecuencias geopolíticas duraderas, entre ellas el nacimiento del Estado Islámico. Mientras tanto, en casa, millones de estadounidenses veían cómo sus líderes ignoraban sus problemas pero gastaban generosamente en guerras lejanas. La crisis financiera de 2008 agudizó ese sentimiento de abandono. El terreno estaba abonado para Donald Trump, quien en 2016 y 2024 ganó con la promesa de "Hacer a Estados Unidos grande de nuevo" y de dejar de meterse en conflictos ajenos.

Pero la promesa de aislacionismo no se materializó. Lo que sí cambió fue el fundamento ideológico. La nueva administración Trump ha intensificado las intervenciones, pero sin el disfraz de defensa de la democracia o los derechos humanos. En 2024 intervino en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro. Lanzó una guerra contra Irán. Amenaza con que Cuba "está a punto de caer de nuestro lado". La Estrategia de Seguridad Nacional publicada en diciembre lo deja claro: "La era en la que Estados Unidos se echaba la espalda al mundo entero como el titán Atlas se ha acabado". Lo que prima ahora es el interés estadounidense puro y duro, sin equilibrio con ideales. Eliot Abrams, exfuncionario de la administración Reagan, lo resumió así: "Es todo transaccional".

Esta reorientación ha dinamitado las instituciones internacionales y la red de alianzas que Washington tejió cuidadosamente durante 75 años. En enero anunció su salida de una docena de organismos internacionales. Amenazó con arrancar Groenlandia de Dinamarca, miembro de la OTAN. Critica a la Organización casi diariamente. Esta semana anunció que no renovará el tratado de libre comercio con México y Canadá que él mismo renegoció. El multilateralismo ha cedido paso a pactos bilaterales donde es más fácil presionar para obtener términos favorables. América Latina, declarada la gran prioridad de la política exterior estadounidense, es tratada casi como política interna: intervenciones en procesos electorales, sanciones contra Brasil, amenazas contra el presidente colombiano Gustavo Petro.

El mundo ha comenzado a responder. Rusia mantiene su ofensiva en Ucrania bajo el trato de guante blanco que Trump le da a Putin. China observa atentamente y mira hacia Taiwán. Europa se refuerza buscando otras alianzas: la Unión Europea y Canadá se acercan; Europa ha firmado un acuerdo de libre comercio con India; Reino Unido, Japón e Italia colaboran en cazas de nueva generación; Londres y París consideran un paraguas nuclear propio. Es posible que cuando Trump se vaya, el péndulo vuelva a cambiar. Pero como advirtió Heráclito, no es posible nadar dos veces en el mismo río. Mira Rapp-Hooper, quien trabajó en seguridad nacional bajo Joe Biden, lo expresó así: "No será posible volver al liderazgo estadounidense tal y como estaba". El problema de confianza es profundo. Los aliados ahora estructuran sus acuerdos pensando en horizontes de solo cuatro años, el tiempo de un mandato presidencial, porque saben que lo que una administración pacta, la siguiente puede deshacer. Estados Unidos sigue siendo globalmente poderosa, pero el mundo ya no espera que sea indispensable.

Es todo transaccional. Habitualmente cada gobierno equilibra ideales con intereses, pero ahora simplemente desdeñamos los intereses idealistas.
— Eliot Abrams, Consejo de Relaciones Exteriores
No será posible volver al liderazgo estadounidense tal y como estaba. El horizonte temporal para los acuerdos internacionales se ha reducido a solo cuatro años.
— Mira Rapp-Hooper, exfuncionaria de Seguridad Nacional
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
Inventor

¿Por qué importa que Estados Unidos haya hecho 500 intervenciones en lugar de 50 o 5.000?

Model

Porque el número revela un patrón. No es accidente. Es una política sistemática que se aceleró después de la Guerra Fría, cuando supuestamente el mundo se volvería más pacífico. Una tercera parte de todas esas intervenciones ocurrieron en los últimos 25 años.

Inventor

Pero ¿no es normal que una superpotencia intervenga en asuntos globales?

Model

Lo es. El problema es que Estados Unidos construyó su legitimidad internacional no solo en poder militar, sino en la idea de que defendía la democracia y los derechos humanos. Eso fue el relato durante 75 años. Ahora ese relato se ha roto.

Inventor

¿Roto por qué? ¿Porque Trump llegó al poder?

Model

Trump es síntoma, no causa. La causa es que millones de estadounidenses sintieron que sus líderes gastaban dinero en guerras lejanas mientras ellos perdían empleos y casas. Irak costó 1,7 billones de dólares. Eso crea resentimiento. Trump simplemente lo canalizó.

Inventor

Entonces, ¿Estados Unidos está abandonando el mundo?

Model

No. Está abandonando el pretexto de que lo hace por ideales. Ahora interviene cuando le conviene, sin disculpas. Eso es más honesto, pero también más peligroso, porque los aliados ya no saben si pueden confiar en que mañana seguirá siendo su aliado.

Inventor

¿Qué hacen los aliados?

Model

Buscan alternativas. Europa se acerca a Canadá, a India. Reino Unido, Japón e Italia construyen sus propias capacidades militares. Es como si el mundo estuviera reorganizándose sin esperar a que Washington decida qué quiere ser.

Inventor

¿Puede Estados Unidos recuperar su posición?

Model

Técnicamente sí. Pero no como antes. El mundo ya vio que el liderazgo estadounidense es volátil, que cambia cada cuatro años. Eso crea un problema de confianza que no se resuelve con un discurso bonito.

Quer a matéria completa? Leia o original em EL PAÍS ↗
Fale Conosco FAQ